miércoles, 15 de julio de 2009

ACONTECIMIENTOS MEDIEVALES EN CÓRDOBA


Corría el 1474. Fue año de acontecimientos importantes en Castilla. Enrique IV moría en diciembre y le sucedía Isabel I según el acuerdo de Guisando, a pesar de que su matrimonio parecía haber diluido el citado acuerdo. Ella había contraído matrimonio con Fernando de Aragón en 1469. Los contrayentes tenían 18 y 16 años respectivamente. Enrique IV se había reconciliado con su hermanastra un año antes.

Por aquel año de 1474 se realizó la impresión de la primera obra literaria en este país -bueno país en realidad no era como tal, si por el contrario una amalgama de reinos de diversa índole y color, aderezada de todas las intrigas y ambiciones inimaginables-, el título del libro, “Obres o trobes en lahors de la Verge Maria”, de 128 páginas, impreso en Valencia. Antes habían sido impresas en Segovia, por Juan Parix, las “Conclusiones del Sínodo de Aguilafuente”.

Motín del Castillo de la Judería y Cruz de Rastro (1).

Volviendo a abril del año 1474, y concretamente a Córdoba, pues bien ancha era Castilla en aquel entonces. Y como en “aquellas ciudades los príncipes Don Fernando é Doña Isabel fuesen mucho amados, algunos que su servicio no deseaban, procuraron de meter gran cizaña entre los Christianos viejos é nuevos”. En Córdoba, al igual que en otros sitios de la península, había grandes enemistades y envidias entre ambos sectores del cristianismo de la época. Los cristianos nuevos o conversos en ésta ciudad eran muy ricos la mayoría “y les viesen de continuo comprar oficios de los cuales usaban soberbiosamente”, y los cristianos viejos, más pobres, no los podían comprar.

Don Alonso de Aguilar, Alcaide del Alcázar, Caballero Veinticuatro, hermano de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, por aquellas fechas tenía la ciudad enteramente a su mando y tenía una buena relación con los cristianos nuevos, le prestaban servicios éstos, y recibían de él grandes favores. Independientemente del concepto religioso, lo que subyacía era el poder económico que controlaban los conversos, con los oficios y gremios.

En la crónica de Alfonso de Palencia, cronista real y secretario de cartas latinas: dice que el maquinador de la persecución de 1473 contra los conversos fue, según el ilustre cronista, Don Juan Pacheco, Maestre de la Orden de Santiago, quien deseaba sembrar la discordia y el desacuerdo, del ya enraizado, entre cristianos viejos y nuevos, quienes sólo coincidían en un punto, inclinarse a favor del partido de Isabel y Fernando. Pacheco inició sus intrigas en Córdoba, donde se quejaban de que los conversos se habían enriquecido de forma incomprensible, enfrentados de forma directa, «por su mala conducta», al obispo de Córdoba.

Por ello como siempre había quien tenía intereses más profundos e inconfesables, se trató de crear una conjura en la ciudad, en la que participó gran parte de ella, y a la que llamaron Hermandad de la ciudad. Hicieron procesiones en las que se mostraba una gran devoción “é acaeció que un día yendo así la procision, una moza de edad de ocho ó diez años derramó una poca de agua por la ventana de una casa de un converso, la qual cayó encima de la imagen de nuestra Señora”. Y un herrero del barrio de San Lorenzo, que en la cofradía era persona importante, empezó a dar voces diciendo que “aquellos ser meados echados a sabiendas en injuria é menosprecio de nuestra santa fé católica” diciendo: “Vamos todos á vengar esta gran injuria, é mueran todos estos traidores é herejes”

Y como había un gran odio alimentado de mucho tiempo contra los conversos, fueron a quemar las casas de estos. Pasó por allí un escudero del Alcaide de los Donceles, Pedro de Torreblanca, e intentó calmar los ánimos del gentío, por considerar que esa actuación podría generar un gran daño. El herrero lo hirió. Luego llegaron otros en ayuda de Torreblanca y se inició la revuelta. El herrero huyó y se refugió en San Francisco. Don Alonso de Aguilar llegó no sólo por ayudar a Torreblanca si no por tratar de frenar en lo que podía convertirse aquello. Habló el herrero con Don Alonso con tal soberbia, que él segundo le lanzó una lanza traspasándolo de parte a parte, causándole la muerte.

Se corrió la voz que el herrero no había muerto, y esto generó bastante miedo en los conversos que se fueron retirando a sus barrios donde se aprestaron a defenderse. Los cristianos viejos fueron a casa del herrero, afirmando y circulando por la ciudad que estaba vivo milagrosamente. Ello fue el detonante para que la mayor parte de la ciudad se levantara para matar y robar a los conversos. Don Alonso de Aguilar, armado y con gente de a caballo fue a casa del herrero, creyendo que con su presencia podría frenar al tumulto. Un ambicioso caballero, Pedro de Aguayo trajo a muchos vecinos con el ánimo de aprovecharse de la situación. Comenzó el expolio y se atacó con fiereza a Don Alonso que se tuvo que replegar al Alcázar.

La revuelta se trasladó a toda la ciudad. En aquellas fechas había en la ciudad una gran afluencia de labradores que publicaron por la provincia lo que estaba pasando en Córdoba, lo que generó que viniesen otros de fuera a lo mismo, ya que a río revuelto ganancia de pescadores. Algunos hidalgos, conocedores de la injusticia que se estaba cometiendo ayudaron a los conversos “conosciendo la maldad con que eran muertos é robados, muchos dellos, visto la muchedumbre de los robadores, diéronles lugar, é así todas las casas de los conversos é algunas de los christianos viejos fueron quemadas é pues­tas á robo, é matronas desonrradas, é algunos muertos; é ningun linage de crueldad quedó que aquel dia no se ejecutase por los robadores; lo qual acaesció en diez y sie­te dias del mes de Abril del dicho año de setenta y quatro.”

La Cruz de Rastro

La revuelta duró dos días, en la que murió bastante gente, tanto de uno como de otro bando. Se quemaron muchas casas y si los conversos eran vistos huyendo por los campos los robaban y mataban. Se redactó un bando para que todos los conversos fuesen privados de sus oficios públicos. Gran parte de los huidos se refugió en la villa de Palma. En Adamuz, Montoro y en La Rambla ocurrieron hechos similares a los de Córdoba, y en Cabra hubiera ocurrido igual a no ser porque el Conde de Cabra, Don Diego Hernández, castigó duramente a algunos que cometieron robos y abusos.

En otros lugares, por ejemplo Almodóvar del Campo, fueron asesinados y robados conversos por algunos labradores. Por mandato de Don Rodrigo Jirón, Maestre de Calatrava, fueron ahorcados los asesinos, ya que si no se actuaba con rigor seguirían los desmanes.

Don Alonso de Aguilar

Era D. Alonso joven ambicioso de gran talento y mandaba en Córdoba desde 1458 como Alcaide Mayor, manteniendo el equilibrio necesario para no enfrentarse al Rey ni a los enemigos de éste, aunque siempre tuvo enfrentamientos con el obispo Pedro Solier, y como no con el Conde de Cabra, aunque con este último no tuvo problemas hasta el año 1464, en el que tomó partido por el infante D. Alonso. Compartieron la inclinación por el infante el Alcaide de los Donceles, Martín Fernández de Córdoba y Luís Méndez de Sotomayor, y siguieron adictos al rey, el obispo, el conde de Cabra, el mariscal de Castilla, Martín Alonso de Montemayor y Fernando Pérez de Montemayor.

De parte de D. Alonso estaba el pueblo llano y los judíos conversos. Éste echó de Córdoba a sus contrarios y se apoderó de la Calahorra y el Alcázar que estaban en poder del Conde de Cabra como Alguacil Mayor. El rey premio la lealtad del Conde de Cabra y la de los de Montemayor, con los castillos y villas de Castro del Río, Pedro Abad y Montoro, que eran de la ciudad. Don Alonso ocupó los castillos de Santaella, Bujalance, Adamuz y la torre de Alcolea con sus recursos militares propios. Con la mediación del obispo en noviembre de 1467 se firmó una tregua que duró muy poco porque el Conde de Cabra volvió a reclamar las fortalezas. El obispo se marchó de prisa y corriendo a su castillo y D. Alonso hizo presos a canónigos y quemó el palacio episcopal, por ello el obispo lo excomulgó en enero de 1468.

En ese mismo año, el 5 de julio, murió el infante y D. Alonso de Aguilar, con su enorme capacidad de adaptación, siguió gobernando Córdoba, en este caso inclinándose del lado de Enrique IV. Hubo otro episodio guerrero con el Conde de Cabra en Bujalance, donde llevó este último la guerra. A D. Alonso le ayudo el Duque de Medinasidonia y el Adelantado D. Pedro Enríquez, por lo que el Conde levantó el sitio a Bujalance.

En 1469 vino á Córdoba Enrique IV, con el ánimo de acabar con los problemas y anuló los beneficios que había otorgado desde 1464, mandando derrocar las fortalezas de Córdoba, menos Almodóvar y Hornachuelos. El día del Corpus en el convento de S. Francisco, D. Alonso y el conde de Cabra se abrazaron ante el rey, pero no acabaron sus desavenencias hasta que los Reyes Católicos iniciaron la campaña para la conquista de Granada.

Como dijimos al principio con la muerte de Enrique IV, en 1474, llegó al trono doña Isabel la Católica, no obstante, existía en el fondo el litigio con doña Juana (llamada la Beltraneja, por achacarle la paternidad de ésta a Beltrán de la Cueva, favorito del rey), hija de sus nupcias con Juana de Portugal. Cercanos a ésta estaban el arzobispo de Toledo y el Marqués de Villena, que creía que formaría a su lado D. Alonso de Aguilar su cuñado; aunque éste, no se declaró por nadie, permaneciendo señor de Córdoba. Fernando el Católico le tuvo como sospechoso, ordenando su vigilancia, mas D. Alonso se decidió bien pronto, y acabó de momento la sospecha sobre él pudiendo atender mejor el gobierno de Córdoba como Alcalde Mayor.

Los de Calatrava habían tomado partido por Juana la Beltraneja y el comendador mayor Fernán Gómez de Guzmán ocupó Fuente-Obejuna. Posiblemente don Alonso estimase tomar la villa por las armas, pero decidió armarse de derecho. Tenía la cédula de Enrique IV de 1465, pero como tantas veces él rey había faltado á la ley que otorgaba en su cédula, D. Alonso pensó que era necesaria una nueva cédula, y la solicitó a los Reyes Católicos, pidiéndoles la restitución de Fuente-Obejuna, y los castillos que tenía en su poder el conde de Cabra, los de los Montemayor y los del propio D. Alonso, si bien éste retuvo en tenencia, el castillo de la Rambla, excepto unos cuantos años que estuvo ocupado por la Condesa de Tendilla, durante la campaña de Granada. Los reyes por fin, le dieron su cédula fechada en Valladolid á 20 de abril de 1475.
Circula una anécdota (no confirmada) referida a que con motivo de una visita que el rey hizo a Córdoba, fue avisado previamente D. Alonso por un noble amigo que se cuidase muy bien de esa visita. El Alcalde Mayor salió a recibir al rey fuera de la ciudad, en señal se sumisión y para proceder a la entrega de las llaves de la misma, y suplicó al monarca le permitiera realizar el acto a lomos de su cabalgadura porque se encontraba herido y no se podía mantener bien de pie. El rey accedió a ello. Aunque el motivo real de no descabalgar D. Alonso no era ninguna herida, era el poder estar preparado para la huida en el caso de que la visita regia fuese más bélica que protocolaría.


Muerte de D. Alonso de Aguilar

Un romancero curiosamente habla de la muerte de D. Alonso de Aguilar.

“Estando el rey don Fernando en conquista de Granada,
donde están duques y condes y otros señores de salva,
con valientes capitanes de la nobleza de España,
desque la hubo ganado, a sus capitanes llama.
Cuando los tuviera juntos, de esta manera les habla:
–¿Cuál de vosotros, amigos, irá a la sierra mañana
a poner el mi pendón encima del Alpujarra?
Mirábanse unos a otros, y ninguno el sí le daba,
que la ida es peligrosa y dudosa la tornada,
y con el temor que tienen a todos tiembla la barba,
si no fuera a don Alonso que de Aguilar se llamaba.
Levantóse en pie ante el rey desta manera le habla:
–Aquesta empresa, señor, para mí estaba guardada…”

Se cita por otro lado, que la muerte de D. Alonso de Aguilar tuvo lugar en Genaguacil, y parece ser, según unas fuentes, que fue a las manos del jefe morisco el Feheri de Benestepar, aunque otras mencionan que en su cuerpo se encontraron también venablos cristianos, lo que hace suponer que la sospecha a la que se había hecho acreedor, no había abandonado totalmente el sentir de los Reyes Católicos.

En el fondo las intrigas palaciegas y de corte, varían poco de las que puedan existir en nuestra contemporaneidad, lo que ocurre es que en esa época se podía perder la vida alegremente por un error de cálculo en cualquier apoyo mal manifestado.

Paco Muñoz - 2007

(1) La cruz fue instalada, en el lugar que ocupa en la actualidad, por la Hermandad de la Caridad, para recordar los hechos acaecidos allí, y el apellido de rastro, cuenta la leyenda, fue por el rastro de sangre que corrió en los citados acontecimientos de los judíos conversos. Aunque por otro lado, en ese lugar hubo un rastrillo hasta 1568 que fue trasladado a otro sitio. (Enciclopedia Cordobapedia)
Bibliografía:
Diego de Valera, Memorial de diversas hazañas. José Manuel Pedrosa (Universidad de Alcalá) Romancero. Alonso de Palencia, Cronista real y Secretario de las Cartas latinas, Crónica.