domingo, 19 de julio de 2009

CUARENTA Y CUATRO AÑOS DESPUÉS DE DEJAR EL COLEGIO, LA UNIVERSIDAD.


Con motivo de un hecho laboral tuve que, ya en la plenitud de la vida, prácticamente en el último tercio, obtener a toda costa, una titulación que me permitiera acceder a un puesto superior en mi trabajo. Cuando no había cumplido la primera década de mi vida me había puesto a trabajar, y no tuve evidentemente tiempo y visión de continuar con los estudios. Es obvio que no disponía de título alguno que pudiera avalar esa necesidad. Bueno disponía de un Graduado Escolar que hice en nocturno en el setenta y cinco y un Certificado de Escolaridad realizado en el sesenta y ocho para ir al Servicio Militar. Por esa razón accedí a la Universidad por el método de Mayores de Veinticinco años ¡pero quien los hubiera tenido en aquel momento!

En principio me decidí por la Universidad a distancia. Me resultaba más asequible y práctica. Curse en ella el Acceso y lo superé. Aquello era distinto a los recuerdos de San Antonio de Padua, la inmensa mayoría de compañeros y compañeras eran adultos y cada uno tenía unos objetivos y serias necesidades. El profesorado era excelente, el método atractivo, y la dirección de calidad. Aprobé el citado curso de acceso, pero antes había tenido que decidirme por una determinada carrera. Yo he sido siempre un apasionado de la Medicina pero tuve elegir, sobre la marcha, una de Letras, que en el fondo no compartía. Cursé los dos primeros cursos de la carrera con notable aprovechamiento, pero la soledad en la que te encuentras en el estudio a distancia me hacía mella. Sólo tenías contacto con un tutor en un corto espacio de tiempo y se hacía muy cuesta arriba.

Pasé a la presencial pensando que iba a ser más fácil el estudio, pero no, existían otras dificultades añadidas. Mi edad era superior o similar en algunos casos a la del profesorado, eso en la de a distancia no se notaba tanto, y duplicaba con creces la del alumnado. Por esa razón la sintonía con el profesorado era muy buena –salvo excepciones-, y la consideración por ende que tenían hacia mí era más que evidente. Mi capacidad de memorizar era de un nivel medio más bien bajo, si lo comparamos con la mayoría del alumnado. Sin embargo, por el contrario, la capacidad de investigación y conocimientos lo consideraba superior a la media. Eso sí, contando con los medios adecuados de consulta a mi disposición y tiempo. Eso es fruto de la experiencia cotidiana. Pero era incapaz de efectuar un examen, ni escrito, ni oral, a pesar de la tremenda fe y esfuerzos del profesorado. El enorme complejo que se consigue comparando esos perfectos –insultantes si cabe, en su mayoría-, cerebros, con mí deteriorada RAM neuronal, era considerable.

El estudiante –decía nuestro insigne paisano andaluz D. Francisco Giner de los Ríos- orienta toda su vida en vista del examen, más que estudiante es en el hecho un examinando, al cual no le importa saber, sino ser aprobado, y cuanto antes, de cualquier modo, a toda costa –continua diciendo en sus “Escritos sobre la Universidad” de últimos del siglo XIX y principios del XX- Y como las exigencias del examen, en muchas clases, en facultades enteras, tienen que ser bastante reducidas, no ya por la misma frecuencia de estas «pruebas», que sólo prueban la ingenuidad con que nos figuramos engañarnos unos a otros, sino, sobre todo, a causa del crecido número de alumnos por completo desconocidos, que hay que juzgar en un tiempo ridículamente insuficiente (tarea, sin embargo, la más abrumadora del profesor), las puede bien satisfacer, en ocasiones, hasta sin trabajar durante el curso, con tal o cual manual «remedia-vagos», que aprende de memoria a última hora, quizá en unos días.”

Por poner un botón como muestra de unos textos y unas conclusiones que pueden perfectamente ser trasladadas a nuestro tiempo, o por lo menos por agarrarme como a un clavo ardiendo, para justificar mi carencia y mi negación o imposibilidad a realizar un examen. La capacidad docente del profesorado que me tocó en suerte, quizás conocedores de las tesis de D. Enrique Rodríguez Castro y del rondeño Francisco Giner de los Ríos, hizo a estos buscar un método de evaluación que me permitiera superar ese handicap. Al hilo de lo expuesto, en otra etapa de mi vida, en la que tuve la responsabilidad de presidir un Tribunal para examinar a unos trabajadores. Uno de ellos, que llevaba ejerciendo interinamente la labor y el puesto para el cual se examinaba durante unos años, con una calidad profesional excelente, se quedó en el blanco más absoluto en el examen en el que se jugaba su futuro y el de su familia. Es verdad que, con las normas en la mano ese excelente trabajador hubiera suspendido, pero no es menos verdad que éramos mayoría los miembros del tribunal conocedores de su labor, y había sido éste examinado por sus superiores día a día, durante mucho tiempo. Se planteó en base a ello el no utilizar la norma escrita y si los informes verbales de su buen hacer diario y fue aprobado con la nota mínima necesaria. Por el contrario -y ya lo mencionaba D. Francisco Giner de los Ríos en su notas-, un vivo en el último momento puede, cual papagayo, aprenderse lo necesario sin comprenderlo, por aquello de su capacidad neuronal, y superar un examen sin haber hecho ni el más mínimo mérito para ello.

Luego dificultades laborales y por qué no anímicas también, me hicieron suspender la continuación de los estudios, que hoy en día continúan aparcados. Por lo tanto estoy prácticamente a una asignatura del ecuador de la carrera, pero este momento mí preocupación se centra en el cálculo de la pensión miserable que me quedará de aquí a dos o tres años, después de haber estado trabajando cincuenta y seis.

El epílogo.
En líneas generales he tratado de expresar mí vivencias preludio a la Universidad, con una intermedia solución de continuidad de cuarenta y cuatro años –prácticamente una vida- hasta su entrada en ella, y el comienzo de una nueva solución de continuidad que, evidentemente por razones estrictamente fisiológicas, no podrá durar lo mismo.