domingo, 19 de julio de 2009

D. ENRIQUE BARRANCO LUNA, EL HOMBRE ELÉCTRICO DEL BARRIO DE LA MEZQUITA


D. Enrique Barranco Luna, el “hombre eléctrico” del barrio de la Mezquita.

En la casa de la calle Cardenal Herrero del barrio de la Mezquita, junto a la que vio nacer en 1871 a D. Marco Rafael Blanco Belmonte, notable poeta y uno de los mejores cuentistas de la época, tenía Rafael, el maestro barbero, una barbería que después de su muerte siguió regentando su hijo Fernando. El establecimiento era un poco el cuaderno de bitácora de la época, donde se hablaba de lo divino y lo humano, se leía la prensa y se discutían los acontecimientos más notables de la ciudad. Frecuentaba también la barbería un culto personaje, D. Enrique Barranco Luna, que vivía con su hermana en la calle Medina y Corella, en una casa junto a la antigua puerta falsa de Maternidad, o Casa cuna. Decían que era familia de unos agricultores del barrio llamados Baquerizo (nunca supe por qué parte, por la falta de coincidencia de apellidos). Su hermana era una Sra. muy educada y delicada, de piel blanquísima, que decía la hija de Rafael, mi madre, era consecuencia de su alimentación a base de leche y galletas (no tendría base cierta, seguro, pero yo la creía).

La cultura de D. Enrique, nuestro personaje, estaba por encima de la media del barrio, y sus conocimientos lo mismo, pero sus desvaríos eran muy superiores a los de la media. En aquella época pretendía ir a la Luna y le gastaban bromas consistentes en entrenarlo para subir al cohete, subiendo por las escaleras móviles de reparaciones de Sevillana.

Frecuentaba la barbería un personaje que era J. Barazona, viajero y cazador en frecuentes safaris africanos, que vivía en la esquina de lo que ahora es Fleming, junto a la plaza del mercado de la zona, dónde antes de la plaza estaba ubicado el cine de verano Avenida. Allí tenía un zoológico en miniatura, es más, el primer león del Zoo municipal creció con el cuidado de la niña del Sr. Barazona. Ese lugar estaba bañado por las aguas de la alcubilla de la Puerta de Almodóvar, después de haber regado la Huerta del Rey. ¿Qué a que viene esta desviación de la historia? Pues muy sencillo, el Sr. Barazona que también era parroquiano, como hemos dicho, de la mencionada barbería, era a su vez un bromista de tomo y lomo. Le gastaron una broma, a D. Enrique, entre él y unos cuantos, de que la subvención que le decían había concedido el Estado, para el entrenamiento de su futuro viaje a la Luna, se la había quedado el Delegado de Hacienda. A él fue D. Enrique, educada pero firmemente, a reclamársela. A la misma vez, el bromista le había dado un sobre cerrado, dirigido al Delegado donde se le explicaba a éste la broma en cuestión. D. Enrique no se arredro y como en los mejores tiempos denunció con firmeza lo que estimaba una corruptela, pero que no pasaba de una broma pesada a un buen hombre.

Una importante peculiaridad de D. Enrique era que, según él, estaba cargado eléctricamente y otra era su facilidad por convertirse en invisible y curar los males de la gente con pases eléctricos. Dedos que no podían extenderse. Manos con artrosis que no podían abrirse, se curaban milagrosamente al contacto de sus cargas eléctricas.

En el zenit de su actuación, se situaba con frecuencia en el centro de la barbería, entre las sillas blancas de madera de la espera y los sillones lacados y metálicos de trabajo, y decía a la parroquia:


Voy a desaparecer.―terminando el acto con un movimiento de brazos y la mágica palabra: ¡Zas!


Todos los parroquianos siguiendo la broma decían:


¡D. Enrique, D. Enrique!, ¿Dónde está D. Enrique? ¿Habéis visto si ha salido?



¡No no ha salido!decían otros.


Y él, ufano y seguro de su “poder”, de su perfecta invisibilidad, con una sonrisa de satisfacción parecía decir:

Estos pardillos no me ven.―y se mantenía quieto y sonriente en medio de la sala.

Y el niño, que de esto se acuerda aún, y que tenía en la mano el cepillo de dar el último toque de limpieza a la chaqueta del parroquiano “arreglado”, señalaba a D. Enrique y decía:


¡Pero si está aquí, como es que no lo ven ustedes¡


Eso le suponía un “cogotazo”, acompañado de la frase:


¡Calla niño, que D. Enrique ha desaparecido!


Luego, como por arte de magia, con ademán circense y una nueva y amplia apertura de brazos, sonaba nuevamente el:


¡Zas! ―y la frase: ¡Ya estoy aquí de nuevo!


Y con el alborozo de la concurrencia y asombro simulado, le hacían las preguntas habituales:


¿Dónde se ha metido D. Enrique? ¿Cómo lo ha hecho? ¡Esto es increíble!


Tomé la determinación de dejar a los mayores con sus juegos y evitar opinar de ellos, pero la única verdad es que D. Enrique no desaparecía desde luego.

D. Enrique tenía un competidor, que se llamaba D. Lorenzo, menos culto que él, de familia más humilde y no menos humilde cuna, vivía en la bajada del puente romano, y estaba también colonizado por Volta y Ampere. Cuando coincidían en la barbería, D. Enrique, más educado se marchaba. Decía que era para evitar que las cargas eléctricas fueran de distinto signo y se generara un desastre. Casi siempre, en la despedida, al darle la mano hacían todos como que les daba una descarga eléctrica, cuestión que generaba una sonrisa en el eléctrico, magnético y educado señor.

En cierta ocasión entre Cándido, un carnicero del barrio, y varios más, le prepararon otra broma a D. Enrique inflando una vejiga de cerdo, y poniéndosela debajo de la camisa, en la espalda, al sereno del barrio, el Sr. Centella, a modo de bulto o joroba ocasional, que le había salido allí. Llamaron a D. Enrique y le dijeron que el médico no le había dado esperanzas con el dichoso bulto dorsal. Éste dijo:

Voy a probar a darle unos pases electromagnéticos en la espalda a ver qué pasa.

Le pasó la mano repetidas veces por el bulto, a la misma vez que con una aguja uno de los bromistas pinchaba la vejiga. Aquello explotó como una bomba. D. Enrique que no esperaba tal explosión, se echó hacia atrás y resbalo cayendo al suelo, dándose un leve golpe en la cabeza con un bordillo de la Judería. Afortunadamente la broma no salió cara, el golpe no fue nada y todo quedó en el susto. El eléctrico superhombre se levantó y dirigiéndose a la concurrencia dijo:

Sres. lo siento mucho, me voy a mi casa y no saldré en unos días porque la poderosa carga de electricidad que tengo puede causar una desgracia a cualquiera. Hasta luego. Buenos días.

Y se marchó a su casa.

Después el inexorable reloj del tiempo, hizo lo que tenía que hacer y el condensador de D. Enrique se descargó total y definitivamente.