domingo, 19 de julio de 2009

HIPOCRESÍA POLÍTICA

Paco Muñoz-octubre 2007

La R.A.E. dice literalmente que, “el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan”, se llama hipocresía.

Vaya por delante mi respeto y convencimiento referido a las conclusiones que han expuesto la ONU y los expertos en el cambio climático, estando de acuerdo en el indiscutible daño que le causamos los seres humanos al planeta con las barbaridades a las que lo sometemos.

No voy a defender en absoluto, el paseo en columpio del Sr. Rajoy, al echar mano de su respetable primo para manifestar lo que manifestó -a mi juicio desafortunadamente-, sobre la salud del planeta y la predicción del tiempo en Sevilla, mañana y dentro de trescientos años. La visión apocalíptica a la que se ha referido, tratando de enmendar lo que no tiene enmienda, es similar a la que ofrece del Estado español cuando dice que se va a desmembrar, si alguno de los pueblos que lo componen lleva a término sus pretensiones, a mi juicio respetables, de autodeterminación. Teniendo en cuenta además, que ese derecho a la autodeterminación figura en algunos textos internacionales que el Estado español ha suscrito. Pero no es este el sentido de estas líneas. El Sr. Rajoy es el menos indicado para hablar de catastrofismo ya que es uno de los mayores catrastofistas de la derecha española.

Tampoco voy a defender al Sr. Al Gore, y su Verdad Incómoda, a pesar de compartir más sus tesis que las del Sr. Rajoy. Tanto uno como otro están dentro de la definición que encabeza este escrito. Y tanto uno como otro pertenecen a la derecha de su respectivo país, no nos engañemos con los americanos, los demócratas son menos de derechas que los republicanos, pero poco. 

El Sr. Al Gore cobra por sus conferencias y el cambio climático ha significado una sustanciosa fuente de ingresos para él. Estuvo en el gobierno USA y no forzó que la firma al simple Protocolo de Kyoto se refrendara por el Congreso de los Estados Unidos, cierto que parece ser que correspondía a la administración Bush el refrendo, pero lo podían haber acelerado. Bien es verdad que un Vicepresidente en la administración norteamericana ejerce la misma función que la rueda de repuesto de un coche -sólo sirve para sustituir al presidente-, una especie de recambio de urgencia. 

Pero en cuatro años podía haberse dejado ver y no lo hizo. Aceptó el cambio sin lucha en el pucherazo Bush para no destrozar el sistema. Hoy es una estrella mediática y Premio Nóbel, aunque eso de los premios Nóbel está a mi modo de ver devaluado en cierta manera. A saber, en 1973 la Fundación Nóbel le concede el premio al Sr. Kissinger ex aequo con un representante norvietnamita, el Sr. Le Du Tho por las conversaciones para parar la guerra de Vietnam, que había empezado USA. 

Como la criminal intervención continuaba el Sr. Le Du Tho renunció al premio, decidiendo por el contrario, el Sr. Kissinger, conservarlo. El Sr. Kissinger después, haciendo honor a la distinción, se sospecha participó en la decisión del golpe de estado contra Salvador Allende en Chile y en otro contra el Frente Amplio en Uruguay. Por ello, salvo honrosas excepciones, tienen para mi tan poco valor los famosos y bien remunerados premios.

Por lo tanto ninguno de los dos señores citados, el Sr. Rajoy –con sus claros intereses electoralistas y partidistas, y no se si alguno más- y el Sr. Al Gore con los crematísticos –está haciendo su agosto particular- son, para mí, creíbles. Y del Apocalipsis estamos bastante escarmentados, y si no acuérdense de los miles de millones de personas que estaban en peligro con la gripe aviar, y quien hizo el negocio fueron los laboratorios del Tamiflu –miembros de la Administración estadounidense, en este caso de la Bush eran directivos de ellos- que vendió millones de dosis de vacunas a los gobiernos del mundo, y que no servían para nada. 

Y eso no quiere decir que parte de la enorme familia científica no tenga razón, lo que se pretende denunciar es que el manejo del fantasma del miedo para intereses económicos poco confesables está al orden del día en nuestro mundo.

Pero como siempre es mejor lo menos malo, me quedo con la Verdad Incómoda, no dudando de sus conclusiones sino del método.