domingo, 19 de julio de 2009

INDIGESTIÓN ANTE LA OBRA MAESTRA DE ANDRÉS DE VANDELVIRA.


Un domingo cualquiera del pasado año 2008 visitamos la ciudad de Jaén. Han sido muchas veces la que hemos estado en ella, pero ninguna con una finalidad cultural o turística. La verdad es que la he encontrado algo más cosmopolita que veces anteriores. La primera visita del recorrido, que acabó en la Alcazaba, después de visitar el Palacio de Villadompardo, los Baños Árabes, Museo de Artes y Costumbres Populares, y Arte Naif, fue la Catedral. Por aquello de que el aparcamiento del vehículo estaba cerca de ella y por tener claro el itinerario al mismo.
Andrés de Vandelvira, del que también visitamos una estupenda y didáctica exposición de su obra en la Diputación Provincial, fue el cantero o arquitecto artífice de su construcción. Notables trabajos artísticos avalan su hacer, como la Capilla del Salvador de Úbeda; la de los Benavides y el Convento de S. Francisco en Baeza (este último destruido en el terremoto de 1775); el Convento de Santo Domingo en la Guardia de Jaén; el Hospital de Santiago en Úbeda; o la considerada su obra maestra Catedral de la Asunción de Jaén. En su vida profesional, Andrés de Vandelvira fue tan prolífico como en la particular o familiar; su esposa Luisa de Luna le dio siete vástagos.
Pues bien, no pretende esta modesta reseña hacer un detallado estudio de la obra del notable Arquitecto del Renacimiento, sino comentar que en su más importante obra, varios siglos después de su construcción, figuran, en las bases de cuatro columnas (dos pertenecen al coro y dos al presbiterio), unas lápidas en las que se reflejan los nombres de; un obispo, un arcipreste, varios beneficiados, y muchos sacerdotes, etc. En suma los de unos seres humanos que perdieron la vida durante la guerra civil. Pero esto aunque siéndolo, no es lo más sangrante, ya que la vida de cualquier ser humano aunque no esté tocado por la púrpura o el espíritu santo lo es. Lo más sangrante es que en una de las lápidas figura el siguiente texto:
“Reverendos sacerdotes diocesanos asesinados en la revolución marxista, Julio 1936 a marzo de 1939”.
Es una mentira tan grande como la catedral que la sustenta. Es el colmo de la desfachatez y la hipocresía. Es una mentira que setenta y dos años después, y los que le queden, si algún gobierno valiente, o el espíritu santo no lo remedian, seguirá siendo mentira, pero más vieja.
En este país no ha habido nunca una revolución marxista. Ojala la hubiese habido. En este país ha habido muchos golpes de estado, pronunciamientos, sonadas, etc., de los mismos de siempre, bendecidos por los de siempre. En esas fechas citadas lo que hubo un golpe de estado fascista, con una dirección que se alineó con los gobiernos fascistas de Europa, golpe repito, bendecido por la jerarquía eclesiástica católica. Y en el que ganó la fuerza bruta a la razón (lo dijo D. Miguel de Unamuno), porque les sobraba de lo primero y no tenían nada de lo segundo. Golpe de estado en el que colaboró ampliamente y siguió colaborando hasta el final la Iglesia Católica, la que ahora habla de democracia y pregona la pérdida de la misma. La que pone el grito en su cielo cuando teme que le van a tocar las prebendas económicas, cuestión que es la que únicamente le importa. Y de la que me atrevería a decir, es culpable alicuotamente de esas mismas muertes que homenajea, además de las de otros cientos de miles de seres que perdieron su vida injustamente, y que para ella parecen no tener ningún valor.
No discuto el homenaje que cada uno, en su casa, quiera hacerle a sus muertos, por ser de derecho. Sólo discrepo y me asquea la mentira y la hipocresía, y el mantenimiento de la crispación de los ciudadanos. El texto sería acorde con lo que pregonan, si dijese:
“Reverendos sacerdotes diocesanos fallecidos durante la guerra civil. 1936 - 1939”.
Fíjense que no propugno quitarlo en su totalidad, creo que es buscar la concordia, y no entrar en la culpabilidad de las muertes; ni en los motivos del golpe fascista; ni en los cuarenta años, y más, de persecución de muchos miles de seres humanos por sus ideas. Españoles también, ya que son tan patriotas. De la destrucción de muchos miles de familias, de esas que tanto alardean y defienden en la calle, con autobús, bocadillo y pancarta. De fusilamientos en juicios sumarísimos, a aquellos que culpabilizaban de “rebelión militar”. Simple elemento jurídico por el que deberían ser sobreseídas todas esas pantomimas seudo legales, empleadas únicamente para justificar las purgas políticas.
¿Cuándo acabará en este país la hipocresía y desfachatez de la cúpula católica? ¿Cuándo veremos gestos de concordia en el menos democrático de los estamentos? ¿Creen que si existiera ese Dios justo que hacen exclusivo suyo, no les habría dado ya la cuenta a todos? ¿Creen que consentiría la mentira, soberbia, usura de sus apéndices económicos y todos los vicios de que está dotada “su” iglesia? ¿Dónde está la capacidad de perdón para poder ser perdonados? ¿Cuándo apagaran de una vez las hogueras de la intransigencia?
Son muchos años de mentiras. Aplíquense el cuento reverendos señores, hagan contrición, aunque dudo mucho de su propósito de enmienda.
Y para terminar decirles que, sus arcaicas y mentirosas lápidas fueron las culpables de la indigestión sufrida por mí, en lo que podía haber sido una maravillosa absorción contemplativa de la obra maestra de Andrés de Vandelvira, cuestión que difícilmente les perdonaré.
Paco Muñoz-2008
(Publicada en www. callejadelasflores.org)