sábado, 11 de julio de 2009

LA REPARACIÓN DEL PUENTE ROMANO DEL 971


Ultima reparación 2009

El 30 de agosto, más o menos, del año 971 de la era cristiana, y a instancias del Califa, se decidió, por el estado en el que se encontraba el puente romano de la ciudad, proceder a su reparación y consolidación de su estructura. Se comenzó por la construcción de una presa para proceder a los trabajos en el puente. Se trajo de la sierra gran cantidad de jara, se mezcló ésta con piedras y arena para desviar la corriente del río a fin de dejar vistos los pilares. Estos, por la continua acción del agua y el transcurso del tiempo, habían perdido su revestimiento de yeso, por lo que presentaban una inminente ruina.

De igual manera se levantaron las piedras del azud de los molinos para desalojar la presa que formaban río abajo, al oeste del puente, con la finalidad de evitar que el agua embalsada llegase a los pilares del puente. Grandes cantidades de madera, barras de hierro, enormes bloques de piedra traídos de la cantera revestidos de cal, y otros materiales, fueron empleados por multitud de trabajadores.


La traducción de E. García Gómez de Ibn Hayyan, Muqtabis, dice sobre el puente que: “es la madre que amamanta la ciudad, el punto de confluencia de sus diferentes caminos, el lugar de reunión de sus variados aprovisionamientos, el collar que adorna su garganta y la gloria de su monumentos insuperables”. La cercanía del invierno hacía necesario terminar la consolidación, además de los innegables deseos del Califa por ello.

Se acabó y completó la consolidación y restauración del puente, en noviembre de 971, luego, se procedió a reparar el azud, obra que se finalizó en febrero del siguiente. Afortunadamente se terminó con tiempo la reparación pues -también figura en los escritos mencionados-, en los años siguientes hubo grandes crecidas del río, fuertes vientos, y mucha tempestad. Una de las crecidas, dice, llegó hasta el “rasif al-gasabin”, Arrecife de los Tablajeros, y siguió aumentando tanto que el río se salió de madre y llegó al último límite de los mostradores de los Tablajeros, y ya en la tarde del 27 de febrero del 974 comenzó a decrecer.

Hoy 1036 años después, se está culminando una notable restauración del mismo monumento, y lo único que parece conocen los cordobeses de está nueva reparación y consolidación de la estructura del puente, es que lleva granito rosa. La polémica es, si granito rosa sí, si granito rosa no, que si el corte es adecuado o no es el adecuado. Es decir, asuntos de la prensa de color del granito en cuestión. Cuando lo ideal sería felicitarnos todos por la importante reparación realizada. De todas maneras, eso sí, llevamos la mayoría dentro de cada uno, un entrenador de fútbol, un arquitecto y muchas profesiones más, no hay más que ver las disertaciones técnicas de nuestros mayores, y no tan mayores, a pie de cada obra de la ciudad. En aquellos entonces me imagino, por razones obvias, que no se polemizaría con aquello que el Califa consideraba necesario.

No obstante, verán ustedes como consecuencia de la luna de miel institucional del momento -sin eme y con hache para algunas-, no volverá a salir la polémica. Ahora es otro el escenario, pero el granito está ahí y estará. Polémicas como éstas fueron las culpables de que no tengamos ahora en esta ciudad un Calatrava, y no sólo eso, si no que creo recordar se sacudió las zapatillas D. Santiago por ello. Tener un trabajo firmado por Santiago Calatrava, es como tener un Picasso en el salón. Y sin desmerecer el resultado del concurso del puente de la Cruz de Rastro, ni mucho menos al jurado que lo aprobó, si quiero decir que es de una diferencia abrumadora para mí, lo que se perdió.

Con esas polémicas, en las que adalides de no al puente de Calatrava, y que dijeron después, desde la orilla contraria, no al hotel de la Victoria, y luego utilizaron el silencio, para la torre de la Junta en el Arroyo del Moro, etc. etc. no vamos muy lejos. Aunque es igual, no al granito rosa antes y silencio –equivalente a asentimiento- al granito rosa después. Es decir, la aceptación o negativa, la polémica al monumento o reforma de turno, no va en función de un conocimiento pleno histórico-arquitectónico de la cuestión, o incluso, que también es válido, al gusto personal de cada uno, si por el contrario es obra de la dirección del viento dominante, o de intereses de éste o aquel grupo.

En conclusión, lo que venga de ti no es válido para mí, y si no es válido para mí por descontado que para la ciudad tampoco. Y al hilo de esas polémicas la única que verdaderamente pierde es la ciudad.