domingo, 19 de julio de 2009

PROSTITUTAS DE CÓRDOBA


"Las señoritas de Avignon" de Picasso

Hablar de la prostitución cordobesa, o de cualquier lugar es un tema delicado y cruel. Y hablar de oídas como escribía la historia Estrabón complicado. Es delicado porque en ningún momento se pretende ofender a quién desgraciadamente o no, ha tenido que sufrir los embates de la vida. El anecdotario es amplio pero la veracidad de muchas de sus anécdotas es difícil de comprobar. Es posible también que no encaje esta introducción, posiblemente amplia, en el apartado de personajes curiosos de Córdoba, más adecuado para casos más jocosos, o entrañables, aunque al final echando mano de datos, contare algunas anécdotas de cierta categoría y dibujaré algunos personajes.
La prostitución es, sin lugar a dudas, como el título que Van Der Meersch dio a su libro, “Una esclavitud de nuestro tiempo”. Ese libro dibujó en la niñez del que esto cuenta, las dificultades, abusos, penalidades y horrores que estas señoras tienen que pasar. Luego, la vida diaria en una provinciana ciudad como la nuestra, permitía conocer, por proximidad, algo de ello. Hay que tener en cuenta la cercanía que existía entre la zona donde nació y vivió de niño este cuentista, y de la del especie de gueto histórico, desde la noche de los tiempos, como aclararé después, donde ejercían estas señoras. Refiriéndome a las que podían ejercer bajo techo y con, por poner una simpleza, agua, aunque fuese en una palangana, que la servía una señora que había llegada al final de su utilidad profesional, por razones lógicas de la edad y quedaba para el servicio “higiénico” de algunas casas. Palanganera era el oficio, y que se usaba en tono despectivo para llamar a la que ya no servía para otra cosa.
Córdoba, hasta hace poco tenía unas zonas, tipo barrio rojo de Ámsterdam, que son las mismas o parecidas que las datadas desde el tiempo de los reyes Católicos. La católica y aromática Señora Reina, tenía regladas ciertas cuestiones relativas a este gremio. John Edwards en su libro “Isabel la Católica poder y fama” y concretamente en elcapítulo “Isabel la Católica y los bajos fondos”, dibuja esta faceta no aireada de esa monarquía, libro en el que me basaré en los párrafos siguientes.
En la década de 1480 tuvo mucho auge la “mancebía” en Córdoba. La ciudad fue retaguardia de la conquista de Granada y había que mantener la logística carnal de las tropas. En nuestra ciudad, posiblemente heredado de los musulmanes, había en 1236 un barrio dedicado a ello, residencia y ejercicio de tal actividad, que estaba en los alrededores de San Nicolás de la Axerquía. Existía una calle llamada Mancebía, cercana a las Curtidurías. Partía desde la Mayor que unía la catedral de Santa María con las hosterías y establecimientos de la Plaza del Potro. Este negocio estaba en manos del Cabildo, las mujeres le pagaban por su zona de trabajo. A finales del XV tuvo mucho auge, y mucho más a principios del XVI agrandándose el ámbito. Pagaban también –dice- un maravedí a los peones que trabajaban para los aguaciles. Las recién llegadas debían pagar antes para que las permitieran trabajar. El catolicismo rancio de Isabel no impidió que se regulara el ejercicio de la prostitución, siempre que cumplieran con sus obligaciones económicas, luego la hipocresía era la misma de siempre. Había dos clase de prostitutas, las “públicas”, es decir visibles, y las “encubiertas” que ejercían en secreto, y eran de un mayor nivel social. Estas últimas estaban mejor protegidas y se procuraba que nunca salieran a la luz y mucho menos sus clientes.
Si observamos, esos barrios en los que se ejercía la prostitución, tanto de la época musulmana, como las de la Sra. Isabel, como la del franquismo que también las prohibió y las toleró, son los mismos que algunos hemos conocido. Con las notables variantes de desplazamientos posteriores hacía lugares más comerciales, o desplazamientos definitivos por la presión de la sociedad, que utilizaba a esas señoras pero no permitía que vivieran a su alrededor. Caso de la última zona importante, la de Cercadillas -zona que unía la ciudad con la sierra y su riqueza minera-. Luego estaban esas casas de más postín discretamente distribuidas por la ciudad, y la pobre y de tercera división que ejercía en las afueras, al aire libre, de la que hablaremos después.
A esas casas, la gente las llamaba de “trato”, por el toma y daca de una transacción comercial entes de efectuar el contrato verbal, y a otras de “tapao” o de “citas” por la discreción de las mujeres que acudían a ellas, a citarse con los temporales empresarios de su cuerpo. En estas últimas, las señoras eran mujeres normales que, por diversas causas, se veían abocadas a ejercer ese trabajo en sus ratos libres, en horas de mercado o de siesta, en horas, en suma, de discreción familiar. En mi barrio había, que recuerde un par de ellas. De niños –tienen guasa los niños- nos sentábamos a jugar en su puerta o en la de enfrente, aunque en realidad el juego consistía en conocer los inquilinos temporales de ellas, y más de una vez nos llevábamos sorpresas, de ver a amantísimas y pías esposas, y a cristianos y respetables “padres de familia”. Claro no había televisión ni “reality show”, y más “reality” que éste no hay.
En esa época circulaba un “chascarrillo”, que decía que, un Sr. a la puerta de una de esas casas de citas o “tapao”, solicitó a un guardia que entrara a sacar a su mujer que estaba dentro. El policía salió al cabo de un rato empujando a una señora, y el que lo había requerido dijo:
–Pero guardia, si se ha equivocado. No es mi mujer.

– ¡Pero es la mía! - contestó el guardia.
Aún quedan en la actualidad, algunas casas de prostitutas en la zona en cuestión, concretamente en la confluencia de las calles Caldereros con Cabezas, y Rey Heredia. En el programa URBAN me pareció leer también, un subprograma de “Formación socio laboral para la mujer prostituida”, que se aplicaba o quería aplicarse a la zona en cuestión.
Una vista del Charco de la Pava, barriada de Fleming. A la izda la Cruz Roja
Había también otras zonas de la ciudad, trabajadas por prostitutas, estas de tercera división, que fueron desplazándose paulatinamente por la urbanización de las mismas, por la presión ciudadana, o por el cambio de hábitos de la población. O por la liberalización. Una de ellas era el “Charco de la Pava”, lugar en la antigua Huerta del Rey, o Vistaalegre. Es la actual zona de las calles Dr. Barraquer, lado de los impares de Vallellano, y las calles adyacentes. Recuerdo haber estado de niño, como espectador, alguna que otra vez. Los chavales mayores nos decían: 

– Vamos a ver las putas. 

Y allí que nos plantábamos en el Charco de la Pava. Había diferentes tarifas. Creo recordar - década de los cincuenta- dos pesetas una masturbación, y cinco un coito –leche, que fino se vuelve uno por la autocensura, sino fuera por ella hubiese dicho paja y polvo-. Pero lo que nos llamaba la atención era que la señora estaba de pie, echada sobre una resaltada boca de alcantarilla –esa zona se rellenó para nivelarla, y las bocas tenían más de un metro de altura-, y una cola de individuos esperando, civiles y militares sin graduación. Cada vez que terminaba con uno, procedía a “higienizar” con un trozo de tela, sus genitales y, el siguiente. Al que no sufría de eyaculación precoz, en el transcurso del acto, le metía bulla para que aligerase para poder atender a la demanda. En las cercanías el chulo, el proxeneta, el protector, estaba al calor de una candela, ejerciendo su guardia a distancia. De vez en cuando la señora, nos increpaba a los niños-espectadores, invitándonos de malas maneras a marcharnos de allí, y amenazándonos con darnos en la cara con el “higiénico” trapo. De tarde en tarde se veía una luz y alguien decía
– ¡Los guardias!
Y todo el mundo a correr por donde podía, saltando los montones de tierra existentes.
La perdida rosaleda y el lugar de la prostitutas
Recuerdo otro lugar utilizado para el mismo fin, en los Jardines Bajos, junto a la rosaleda que va a desaparecer, al que fuimos "Sanjacinto" –un amigo- y yo. Ejercía allí una señora, entre otras menos importantes, que era muy famosa en el ámbito y época, se llamaba Gloria. No era cordobesa, era rubia, exageradamente alta para la media, tanto que algunos clientes tenían que subirse en una piedra, o ella flexionar para equilibrar la altura de los genitales. Y, honradamente, para mi gusto fea. Cuando estábamos más enfrascados en el espectáculo se oyó, un grito de un cliente potencial, que dijo lo de siempre:
–¡Que vienen los guardias! 
Los guardias, no lo aclaré antes cuando en el charco de la Pava mencioné la luz, eran siempre los municipales de la sección de bicicletas, y la luz era el faro del vehículo policial.
Aquello fue una desbandada, cada uno corrió como pudo, pero la realidad es que había pocas salidas. Sanjacinto, que iba estrenado unos pantalones bombachos, no reaccionó adecuadamente, o le empujaron y cayó al suelo, que para más inri estaba encharcado. La estampida de potenciales clientes y mirones amateurs, pasó por lo alto de él, evitándolo, yo traté de ayudarle pero, lo que es la adrenalina, no he visto nunca una manera más rápida y ágil y circense de levantarse del suelo y unirse a los “búfalos” que iban en dirección al estanque, bifurcándose allí, unos para República Argentina, -que es hacia donde nos dirigimos nosotros-, otros para la avenida de Canalejas, y cada cual para donde podía. Llegamos corriendo hasta la Puerta Almodóvar, e incluso allí nos asustamos con un guarda jurado, de carabina al hombro, y sombrero con divisa, que no tenía nada que ver con lo acaecido, ya que ningún guardia podía correr más que dos nenes asustados que habían ido a ver a la industria carnal de la Sra. Gloria. Ese episodio no influyó, claro hasta pasado un tiempo, para que dejáramos de ir a investigar.

Vista aérea de la parilla electrica, el camino del Tablero en las Margaritas
Luego, ese lugar se desplazó a lo que era la parilla del camino que, desde las Margaritas, iba hacia el Brillante, dirección a lo que hoy es el Tablero. Creo recordar que se le llamaba la “Parilla eléctrica”, por el movimiento rítmico de sus usuarios en faena, que asemejaba lo que ocurría cuando te daban los 125 voltios, un “calambre” eléctrico. La parilla servía de sostén a las damas, ya que la postura que se empleaba, por múltiples razones, era la vertical y claro les servía de apoyo.
Cuestión a resaltar, importante, por lo menos para mí. Antes, existía la costumbre de sentarse en sillas de enea -o “anea” en nuestro argot-, en las calurosas noches de Córdoba, en la puerta de las casas, a tomar el fresco, aprovechándose del aire acondicionado público. Pues bien, la ruta de retirada a su domicilio de las Sras. prostitutas del Charco de la Pava, pasaba por mi casa, y muchas veces, por no decir todos los días, al pasar las señoras por la puerta de ésta, donde estaban sentados mis padres, y nosotros los nenes, se paraban daban las buenas noches y entablaban conversación con ellos, y alguna que otra vez oí a mi madre interesarse por su salud y solidarizarse con estas mujeres, y lo cruel de su profesión. Se escuchaban de ellas las más variadas respuestas para justificar el ejercicio de la misma, cada una de ellas daba para un guión cinematográfico, fueran o no ciertas del todo, pero tampoco había porque dudar. Lo curioso y humano, era la no discriminación por una familia de las llamadas normales, y la aceptación de ésta de la normalidad de una profesión, aunque fuera la de prostituta. Pienso que en una sociedad de dificultades, de persecuciones, de falta de libertades, de pobreza y de miseria, no se valoraba la profesión sino el esfuerzo que había que hacer por sobrevivir, y esa igualdad en las dificultades une a las personas.
Por razones de mi trabajo –era un niño de diez años aprendiz de joyería- pasaba con notable frecuencia, casi diariamente, por la calle Cardenal González. Esa calle fue durante un tiempo la crema de la prostitución de la categoría de plata de Córdoba, junto con la de la Feria, en su tramo más cercano a la Cruz de Rastro. Siempre que pasaba por ella una Sra. que se llamaba Carmen, me llamaba y me hacía entrar a la casa, en cuya planta baja había unas despampanantes señoras en “deshabillé” -para mí en viso- que se transparentaban y dejaban ver la ropa interior. Siempre la misma faena, piropearme sobre los ojos y las pestañas, sobre todo las pestañas que según ellas eran largas. Como se podrá comprender el rubor y la situación no podía ser más embarazosa, aunque no pasaba de ahí, nada de perversión de menores, sólo entretenerse en comentar lo largo, que decían, de las pestañas de un niño.
La señora que me llamaba, Doña Carmen, era muy guapa, siempre para el gusto de un niño de diez años, cuya única comparación la hacía con las estrellas del cine americano, ya que las mujeres autóctonas, siempre iban de negro y recatadamente vestidas, como la Santa Madre Iglesia recomendaba, con notable rigurosidad y autoridad incontestable. No sé si mi admiración por ella, tenía también algo que ver con sus piropos, que quieran o no, le hacían sentir a uno un poco galán. Muchos días para evitar la situación, cuando tenía que pasar por allí, miraba antes y pasaba por la acera de enfrente, como la Pantera Rosa vuelve las esquinas, como una exhalación.
Dicho sea de paso, la mayoría de las veces, llevaba como mínimo un cuarto de kilo de oro, a laminarlo en la Magdalena. A la vuelta, cuando la laminación obligaba a llevarlo enrollado en círculo, por la longitud, recocido y oscuro, y no había podido emular a la Pantera Rosa, siendo cazado por lo tanto para la sesión de piropos, me preguntaban que era esa lata que llevaba, y al decirles que era oro siempre contestaban que eso era mentira, como iba a ser oro eso tan feo. Lo cierto es que en esos tiempos un niño de diez años circulaba por la calle, como he dicho antes, con un cuarto de kilo de oro, y no creo que fuese por la pax romana de la época, era quizás porque nadie podría imaginarse que un niño llevase cosa de tanto valor.
Doña Carmen, en esa época era, una joven dueña –las dueñas eran siempre mayores- de casa de putas. Después se casó y la casa dejo de ser de putas, se convirtió por un tiempo en su domicilio. Yo seguí durante mucho tiempo saludándola, cuando me cruzaba con ella, fuese sola o con su marido, y si no me daba cuenta me llamaba la atención. Mi madre decía que cuando las “mujeres de la vida” se casaban, eran mucho más fieles a sus "marios" que las “normales”. La verdad es que esa señora era muy educada y salvo que yo, porque conocía su profesión anterior, era como las demás.
También tenía un amigo que su madre había ejercido, o estaba ejerciendo la prostitución, y en la educación de éste era más dura que la de otras familias. Tenía perfectamente delimitada la profesión con su casa. Un día le dio un tortazo en mi presencia, por haber llegado a la casa después de las ocho y media, cuando la hora de recogida prevista era anterior.
En la zona había famosas prostitutas, una de ellas le decían la “Maña”, supongo sería de Aragón, era una exagerada mujer, robusta y de duras facciones. Hay que reconocer que la diferencia con el resto de las mujeres era la exageración del maquillaje que usaban, el resto de las mujeres no se pintaban apenas, algunos toques de colorete en la mejilla, algo de abéñula en los ojos y ya está. De ahí la frase “te pintas como una p…”
Marina, muy guapa de la calle la Feria, la Gayallo, creo que de Cardenal Gonzalez,, la Gitana, la Serrita, estuvo en su vejez en una bodega de la calle Fitero, cuyo cabaret no hemos mencionado, y la casa de al lado Doña Lola, la famosa Maja de la que decían batía todos los record... etc. Unas más jóvenes otras mayores, aunque la juventud permitía jugar en la división de honor y como he dicho anteriormente la zona que estamos tratando era la división de cobre. Conocías los apodos y la mayoría de las veces el informador de más edad te señalaba la apodada.
Contaba mi querido amigo Luís Melgar, una anécdota de una famosa. Concha “La Pichichi”. Esta señora regentaba una de las casas que en la época que nos movemos, década arriba o abajo, era de las de más solera de esta ciudad. Él la dibuja como una mujer guapa, resultona, graciosa y con trapío, empleando la jerga taurina. Ella que estaba dotada de un código de honor especial, presumía de no haber estado liada con ningún hombre casado por no “estrabiar” ninguna casa. Me imagino que se referiría a un lío estable no circunstancial. De todas formas era su respetable opinión. En ella se daban esos curiosos contrates, de ser pía y devota de día y de noche ser una “dueña”. Continúa diciendo que su negocio fue el más caro de la ciudad y el de más solera si se puede aplicar a esta cuestión apelativos vinícolas.
Cierto día Concha, se presentó en una entidad bancaria a realizar una operación, como consideró que no se la trato adecuadamente pidió hablar con el director. Con paso decidido sin esperar la introducción que casi siempre es: 
–Lo siento está reunido
Abrió la puerta del despacho del Director y entró con toda la naturalidad del mundo. Esta vez sí estaba reunido pero a ella no le importó, y se dirigió a él en alto tono
– ¡Leopoldo! ¡Leopoldo!.
D. Leopoldo que estaba celebrando una reunión con unos agricultores conocidos de la ciudad no pudo sino decir:
-¿Quién es usted señora? –haciéndose el “longi”.
Doña Concha “La Pichichi” dudó un momento, en realidad seguro esperaba encontrárselo solo. La situación se tensó, seguro porque los demás respetables señores temieran que se dirigiera a ellos, con la misma familiaridad que a D. Leopoldo, ya que todos tenían motivos para ello. Hasta que uno de ellos, matador de toros retirado, viejo y con fama de no tener pelos en la lengua, rompió el hielo diciendo con toda naturalidad.
-¿Qué te pasa Concha? ¿Qué quieres? ¡Y usté D. “Leopordo” no sea “hipógrita” y no pregunte quién es porque a Concha la conocen en “toa” Córdoba.
Famosa fue la “Húngara”, que estaba instalada con un carromato en los llanos de Vista Alegre cerca del pilar, se exhibió por la ciudad exóticamente vestida, e hizo caer a muchos incautos creyendo que era un “ligue” y era una profesional en toda regla. A los citados incautos les dejó una infección blenorrágica de categoría. Los viejos del lugar, comentaban que semejante contagio venéreo, no lo había habido en Córdoba desde el que dejaron la acomodadoras del Circo Krone, que en los ratos de asueto hacían horas extra en la profesión más antigua del mundo como la llaman.
La lista de personajes curiosos del oficio es amplia, puede que estos últimos casos justifiquen la sección, pero lo que es cierto es que este mundo forma parte, y muy importante, de esta ciudad. No hemos querido incluir a personajes ni lugares cercanos, pues el derecho a pertenecer a la sección requiere una solera, al menos como la de Doña Concha “La Pichichi”.


Fotografías:
Las señoritas de Avignon, (Picasso)
Vista alegre, (Ladis-hijo)

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