domingo, 19 de julio de 2009

Sobre la Tomatina de Manuel Harazem, en Calleja de las Flores.

Paco Muñoz 21 Junio 2009 a las 9:46.

Después de haber pasado la noche del 19 al 20, en unos molestos asientos de maternidad, planta tercera, esperando la llegada de Alejandro, nuestro segundo nieto, que lo hizo afortunadamente bien a las 06,30 horas.

De haber retrasado la toma de los medicamentos para la HTA hasta las diez horas de la mañana del veinte -hora en que llegamos a casa- cinco horas después de lo habitual y, el natural miedo estadístico de haber quedado descubierto en las peores horas para los accidentes vasculares.

De haber disfrutado de Claudia -ya en casa-, la hermana de Alejandro, hasta que a las 15,00 h. se la llevaron a casa de su abuela materna, para el turno de tarde.

De tratar de recuperar algo de sueño, hasta que una prima de mi madre me llamó –como todos los días hace en horas de sagrada siesta, por teléfono-rompiendo el encanto para distraerse.

De comprobar con miedo, que mi mujer –que no había descansado nada-tenía sin embargo preparada la ruta de la “tomatina”. Ruta, en el coche de S. Fernando, que posiblemente no la haga ni La Colina, por lo dispar y el número de diezmillonésimas partes del cuadrante del meridiano que hay que recorrer.

De protestar, que de nada me sirvió.

De ver una excelente serie de fotografías, que están ubicadas en el paseo del Gran Capitán. De ver también “in situ” , primero la reparación de la calle Reloj, luego la decrepitud del edificio de la Real Academia, bajar la Cuesta Luján y Espartería y abrir la fiambrera de plástico, con salchichón y queso en un banco de la plaza de las Cañas, con un fuerte olor a especias.

De recorrer después la calle Armas y llegar a la reparación del Potro. Presumir con mi amigo Emilio de lo que aprendo de los expertos de la Calleja –dejándolo caer mis conocimientos como si fuese erudito en la materia-,por aquello de que “en el país de los ciegos el tuerto –no el de los calcetines- es el rey”.

De haber obtenido asiento en el claustro del Compás de S. Francisco, una hora antes de la fijada para el comienzo del espectáculo.

De haber soportado dos pisotones de una crasa señora, casi tanto como el Sancho II, que pasó muchas veces hasta que después se acomodó en otro lugar.

De haber utilizado un arma blanca multiusos, que llevo en la mochila para cortar unas cuerdas que tenían sujetas las sillas, y así evitar que el Sr. que se sentó al lado de mi mujer, le clavase los codos en el costado.

De haber disfrutado de Medea, el mito de Eurípides, en versión flamenca, con una magnífica interpretación de Sara Denéz, Antonio de Patrocinio, y David Pino, al cante, con la magistral guitarra de Gabriel Expósito, chelo de Vladimir y percusión de Patricio. Dirigidos por Juan Carlos Villanueva, Fco. Javier de Haro e Inmaculada Aguilar excelentemente, cada uno en su parcela. Premiados todos con unos calurosos –más- aplausos, pero pensando en lo bien que hubiese estado el espectáculo en un lugar cómodo. Tener los glúteos y lo que antaño fue apéndice al final de la vertebral, cuadrados.

De ver a media Córdoba de conocidos, y a muchos que no me hubiera gustado ver.

De beber a un precio abusivo el agua para no deshidratarse.

De ir por Cabezas cruce de Rey Heredia con Badanillas –no había Sras. prostitutas en su puesto de trabajo, estarían en la Tomatina-.

De pasar por Abades, y el insigne Martínez Rücker, protestando por la suciedad, cuyo costo de limpieza habrá que sumar al presupuestado para el evento.

De intentar entrar al Patio de los Naranjos por la puerta de Santa Catalina, pero era de salida, de intentar entrar por la del Perdón pero era salida también, y al final entrar por la de los Deanes -pues el postigo de la Leche estaba cerrado a cal y canto por obras-.

De ver la suciedad de los pernoctadores y los otros, que habían dejado allí.

De escuchar a Arcángel de lejos, bueno oír.

De conseguir que la ruta prevista hacía el teatro de la Axerquía -cuya construcción ha sido como la del murallón de la ribera, y me parece que aún no está terminado-,se cambiase en dirección al domicilio conyugal, no sin antes una parada en una heladería antes de llegar a la Puerta del Sol, que se llama Rico de apellido, pero que se está haciendo el doble de así, por los precios abusivos que tiene –una leche merengada tres setenta euros, lo que al cambio histórico son 617 añoradas pesetas-. Le rogué al camarero que me guardara un sitio para hoy.

De protestar porque la crisis es mentira, todos los bares llenos y a esos precios.

De maldecir la noche blanca unas pocas de veces.

De, a la altura del antiguo Sanatorio antituberculoso de la otra Puerta, la Nueva, ver como mi mujer tiraba la toalla, y entonces aproveché para recriminarle ¿y si hubiéramos ido a la Axerquía qué? ¿Cómo hubiera sido la vuelta?

De que al cruzar por la fantasmagórica expendeduría de combustible fósil de Cañero, pensé y maldecí también, que había pasado por la competitividad de mierda, a prescindir de personas, de puestos de trabajo, para hacerla autoservicio, pero que por la noche estaba cerrada.

De ver las sombras del yacimiento arqueológico de la antigua venta de la carretera a Madrid.

De quedarme aún unos cientos de metros para llegar a mi casa -joder, parecía eterno el camino-, que es donde mejor se está.

De ver como Gabriel, mi hijo el guitarrista, que había actuado en la Plaza de la Marina, estaba en casa ya y había puesto el aire natural de las ventanas abiertas.

De agradecer que mi mujer no hubiera preferido ver la actuación de Gabriel en Figueroa primero. Beber agua por enésima vez.

De pasar por el túnel de lavado a las tres de la madrugada y posterior cierre de persianas oculares.

Esta mañana, llamada a Maternidad para ver cómo está Alejandro y, mi primogénito me dice que ha estado toda la noche en “blanco”, porque el flamenco tenía hambre, y eso que dicen que los flamencos comen poco. Noche en blanco en maternidad también. Ahora a esperar su llamada para el posible traslado a su domicilio.

Para terminar quejarme del costo de la propaganda política de la noche blanca, de lamentar que no se planifique adecuadamente para que todos los ciudadanos podamos asistir a muchos espectáculos, como he leído por ahí, en lugares de gran aforo de población, aunque se pierdan las “pernostasiones” de otros que son los menos. La ventaja, como la de la construcción de las catedrales, el trabajo, algunos artistas locales han tenido trabajo un día.

De saber que las quejas siempre caen en saco roto. Y de esperar estar aquí en este valle de lágrimas en la noche blanca del próximo, con un año más y otro menos para los políticos que nos gobiernan.

En suma de sentirme contento de ser otro “saborio”.

(Publicada en www. callejadelasflores.org)

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