jueves, 20 de agosto de 2009

Caseta de Baños real. Playa de la Concha, San Sebastián, finales del siglo XIX, principios del XX.




Lo que puede parecer el palacio del Marajá de Kanpurtala, entrando en el río sagrado, aquel que se casó con nuestra paisana malagueña Anita Delgado, no lo es. Es una caseta de baño construida a finales del siglo XIX, para que el monarca Alfonso XIII y su familia, pudieran entrar en el mar a bañarse, en la Playa de la Concha, lejos de las miradas de los curiosos. En la fotografía se ve al fondo a la izquierda el palacio y tunel de Miramar.



Era de madera y se introducía en el mar Cantábrico deslizándose por dos raíles que estaban instalados en la playa de la Concha. Un pequeño motor de vapor facilitaba el desplazamiento. Estuvo funcionando hasta 1911, año que se construyo uno de piedra en la playa. En la fotografía superior se divisa arriba el faro del Monte Igueldo.


En aquella época era frecuente, cuando la gente se paseaba por la playa, decir:

-¡Cago en la h... (muy de Euskadi), otra vez me he dado en las espinillas con el coñazo de los raíles. Los podían haber puesto en el c... de su real madre! -eso era muy normal decirlo por los cabreos que cogían los donostiarras, o en su defecto tenían que pasear con espinilleras.



Estas casetas de baño estaban recogidas dentro del manual de la moral victoriana, ya que estaba mal visto bañarse en público, aunque por los salones, dentro de la natural hipocresía también victoriana, se revolcaran sin pudor. Existen datos de haber contabilizado doscientas y pico casetas a principio del siglo XX. El problema, que se hubiera roto la cuerda de tracción y entonces hubiera acabado la "joía" caseta en el fondo de la Concha.



Fue época de competencias con los balnearios, los baños de mar o "de ola" se pusieron de moda gracias a estos artilugios que permitían a "damas y caballeros" bañarse discretamente. Los pobres, a los que no importaba la citada discreción, arrimaban -el que la tuviera- la bicicleta a la orilla. Y si disponía de un "dos bueyes", mejor.



Estas playas del norte -como ahora las de Mallorca-, se pusieron de moda en función de un problema epidérmico real de la santa madre del monarca, a la que el médico le recomendó baños de mar, y San Sebastián donde quiso veranear, y que era un pequeño pueblecito de pescadores, de pronto se convirtió en la Marbella del siglo XIX y principios del XX, al ser elegido por la realeza para los baños. Allí no solo iba allí la corte borbónica, bor no bu, sino también toda la corte de pelotas, pelotillas, aduladores, tiralevitas, y afines, que al calor de los veraneos reales sacarían algún beneficio. Al calor de los veraneos decimos, lo mismo que al frío de Baqueira Beret.

Se construyeron palacetes esperando la invitación a alguna fiesta. Las señoras se paseaban por el paseo con sombrilla de encaje, y lucían modelitos como los de la fotografía, marcando el paso de "lanlaralarita". Pronto, la ciudad montó su Casino, y todo lo que rodeaba la parafernalia de ese mundo y de los submundos cercanos.

A Santander le ocurrió lo mismo. Posteriormente el "pueblo" o "con el sudor del", les regalo a la monarquía, en Santander el Palacio de la Magdalena, y en San Sebastián, Miramar.


(Las fotografías son de la colección Eastman House) (Publicada en www.callejadelasflores.org)