sábado, 22 de agosto de 2009

GRACIAS A MATEO INURRIA ME ENCONTRÉ CON JOSÉ ANTONIO GONZÁLEZ.





Era una cuestión de honrilla. No tiene nada más que la importancia que se le quiera dar. Había escrito dos entradas sobre Mateo Inurria y me faltaban dos obras suyas, de una conocía su ubicación y la otra me la había señalado Sequnda, una experta. Ella me remitió al Colegio de la Compañía, yo había buscado en el antiguo Colegio de la Asunción, actual Instituto Góngora, del que sólo queda la capilla de Hurtado Izquierdo. Luego después de insinuármelo, recordé haber visto muchas veces la lápida en la pared del Colegio de la Compañía y un dato, se la dedicaban a Moreno Nieto sus alumnos de primaria, y en la época en la que el Colegio de la Asunción era importante en nuestra ciudad, hasta el extremo de ser el germen de la Universidad actual, no tenía alumnos de primaria. De este colegio salieron muchos ilustres cordobeses, sin entrar en distinciones ideológicas. Fotografié la lápida y me fui a buscar la otra obra.

Esta era el obelisco del Panteón de la Familia Junguito, que se ubicaba en el Cementerio de la Salud. Habrase visto el nombre, un Cementerio de la Salud, si hubiera sido de la paz, a lo mejor, ¿pero de la salud? aunque bien pensado, la salud si la conjugamos con la eternidad es para toda la vida. Otra contradicción, para toda la vida.

Como el Cementerio está perfectamente adaptado para la movilidad reducida, y aunque afortunadamente éste no es mi caso, llegue con la bicicleta hasta el patio correspondiente. Pero... no recordaba el nombre de la parcela del mismo, si su ubicación aproximada. Me dije, buscaré, y como sabía su composición arquitectónica, me dediqué a buscar obeliscos. Me llamó la atención uno exageradamente fálico y feo que no era evidentemente. No tuve dificultad en encontrar el que buscaba. Aproveché un momento de las primeras luces del día, cuando el aún tímido sol pasaba entre unos cipreses, iluminando solamente el rostro -representado en el obelisco-, del titular del panteón, Luis Junguito Carrión.

Una pequeña baranda oxidada cercaba el panteón por los cuatro puntos cardinales, sujeta por nueve negras bolas de hierro, que la separaban del suelo. El obelisco está situado mirando al este. Desde mi posición, la barra más cercana me impedía ver el último nombre de los escritos en una de las dos grandes losas. Cuando me moví buscando un mejor encuadre fotográfico me estremecí, ¡C..ño, allí estaba José Antonio González Junguito!. No tenía conocimiento de su fallecimiento. Decía nueve de diciembre de dos mil siete. No recuerdo su edad exactamente, pero estaría en algo más que la mía y algo menos o igual que la de Miguel Serrano. Mira por donde después de estar muchos años sin tener contacto con EA7BVD, iba a coincidir con él en su último QTH (1), aunque la realidad es que en ese coincidiremos todos.



La verdad es que esta ciudad es un pueblo, como decimos siempre. Me vinieron a la memoria muchos recuerdos. Evidentemente ninguno desagradable. José Antonio fue radioaficionado y una buena persona. Su indicativo era EA7BVD. Los indicativos son, como el carnet de identidad de los radioaficionados en las ondas. Dominaba las frecuencias elevadas. Había conseguido contactos en su momento record de distancia. El moverse por esas frecuencias significaba tener que adquirir unos transmisores y receptores de elevado precio y poco asequibles por ello al grueso de los aficionados. La manipulación de esas frecuencias no era tan fácil como las de las bandas decamétricas. El tráfico en esas altas bandas era escaso también, los que las usaban eran señalados como grupos de élite. José Antonio nunca presumía de ello, siempre estaba por delante su modestia.

Cierto día, mi amigo Miguel Serrano y yo fuimos a su casa, el motivo fue que Miguel le tenía que llevar un vehículo que le había reparado –Miguel es chapista-, yo fui con el mío para traerme después a Miguel. Estuvimos hablando de todo lo relacionado con la radio. Luego al marcharnos nos enseñó un enorme ciprés que tenía en el jardín, que yo, poco entendido desde luego, nunca hubiera identificado como de esa familia vegetal. No era un ciprés al uso, como los que lo rodean ahora. Un ciprés delante de una casa es símbolo de bondad, de que la casa está abierta a todo el mundo -me lo dijo Miguel que fue sacristán de S. Juan de Letrán y tiene una filosofía muy sui generis-. No sé si lo habría plantado con esa misión simbólica. Recuerdo que era una familia muy especial, de buena gente. Su esposa de una educación exquisita igual que él. Nos llamó la atención una vez que nos dijo que no eran aficionados a la televisión, sí sin embargo a la lectura. Eso aclara muchas cosas.

José Antonio desarrollaba su trabajo como responsable de medio ambiente en el que era un experto. Además estaba enamorado de su trabajo. En ocasiones coincidíamos, ya que muchas veces visitaba el barrio porque frecuentaban un comercio de los alrededores en el que trabajaba mi cuñado. Eran especiales. Muchas veces nos encontrabamos en las ondas. Otras veces era cuando tenía algún problema con el vehículo y coincidíamos en el taller. Nos disertaba mucho sobre su trabajo y recuerdo una amplia y detallada explicación que nos dio, sobre los beneficios del Parque de los Villares. Trataba de cuantificar el bien que para la ciudadanía era disponer de un parque de esas características. Otra cuestión eran los fuegos y el daño irreparable que se le hacía a la tierra fértil.

En suma, seguro que andará por mí cielo especial, el de los no creyentes, el del agradable recuerdo de las buenas personas que ya no están aquí. Por el contrario, el infierno siempre es el mal recuerdo que dejan algunos, que incluso te hace pensar que se tenían que haber ido mucho antes.

(1) En el argot de los radioaficionados lugar de ubicación de la estación.
Fotografías del autor
Bibliografía de la memoria