miércoles, 26 de agosto de 2009

PARADA DE AUTOBUS DE LA AVENIDA DEL BRILLANTE (ESQUINA c/ GOYA).



Año mil novecientos setenta. En los autobuses urbanos, existía una línea de autobús que era Tendillas-Brillante, y en unas determinadas horas subía hasta la Arruzafa. La parada habitual era la venta frente al Hotel el Brillante. El interior era muy especial -el de la venta-, había sido un café-teatro. Un patio principal y un palco corrido al estilo de las delanteras de Paraíso (gallinero) del Duque de Rivas y un pequeño escenario. La venta estaba casi derruida ya en esa fecha, pero todavía como la dama que lo fue, tenía un cierto empaque.

Eran muchas las historias que contaba el ventero. El clásico tabernero serio, pero gracioso y ocurrente. Esa venta había sido el refugio de los artistas, toreros y gente de la noche, cuando todo estaba cerrado en la ciudad, en la posguerra. Estaba en las afueras de la ciudad, donde el baile, el cante, la fiesta y todo lo pudiese ocurrir a esas horas ocurría. Fue, dicen, el lugar de la anécdota del Niño de Marchena y Manolete. El Niño de Marchena, bohemio, artista, especial y “desprendío” y el torero Manuel Rodríguez que tenía fama de poco dadivoso. Es posiblemente una de las muchas leyendas urbanas que circulaban.

-Pepe cántate unos fandangos. –le dijo Manuel Rodríguez a Marchena.

–¡Que yo te cante unos fandangos Manuel, te va a costar cinco mil duros!.–le contestó El Niño de Marchena. Manuel Rodríguez echó mano a la chequera y le dijo:

–Toma un cheque por veinticinco mil pesetas. –extendiéndoselo sin inmutarse.

–¡Tabernero!, toma este cheque y échanos cinco mil duros de vino.–dijo entregándole el cheque al tabernero. Dicen que después estuvo cantando toda la noche.

La venta soportaba las paradas prolongadas de algunos minutos, de conductor y cobrador de autobús en cada viaje. El coche entraba en lo terrizo, una calle al lado de la venta, hacia la maniobra, y allí se esperaba hasta la hora de salida, para recoger el pasaje en la acera de frente, en le puerta del Hotel el Brillante, dirección Tendillas. Los conductores eran muy peculiares, Castilla y “Tirone Pover” (había solo dos coches por turno).

El primero, un “esaborío” de banderas, que se le parecía a Camilo José Cela en el chasis, no en lo intelectual. De cinturón alto y prominente abdomen. Éste desconocía las reglas de circulación y cada vez que entraba en los apartaderos que había a derecha e izquierda de la avenida para las paradas, salía sin mirar, lo que suponía frenazos y broncas de otros conductores a los que obligaba a hacerlo peligrosamente. El conductor decía que él había puesto el intermitente. Era imposible que comprendiera que el intermitente no le daba derecho a salir sin mirar.

El segundo, bien porque el embrague era duro o porque su conducción era brusca, conducía a saltos, a tirones, por ello lo de “Tirone Pover”. Y porque estaba de moda el actor con lo de la película de Salomón y la reina de Saba de principios de los sesenta -que terminó el calvo Yul Brinner-, y lo del pecho de la Gina. No se sabía "si había muerto de una angina de pecho o de un pecho de la Gina". Y cosa curiosa -el chófer, Tirone-, vendía en sus ratos libres profilácticos, vamos condones, como de contrabando, y eso en los principios de los setenta.

El personal que usaba esa línea era casi siempre el mismo. Por las mañanas el personal de servicio de la Arruzafa, mayoritariamente femenino; Antonia, Carmen, Ascensión, y otras. Se vivía como en una comunidad de vecinos, pero de casa de idem. Como en un pueblo, a pesar de ser ciudad. En cierta ocasión falleció la madre de una de las señoras y todos vivimos la depresión que sufrió esa mujer, que asistía diariamente al cementerio durante mucho tiempo. Luego el tiempo ejerció su cura y se casó, mayor, pero se casó, con un buen hombre precisamente. Alguna vez la veo con su marido y no puedo evitar recordar ese tiempo, todavía conserva esa belleza que la hacía especial.

Algunas mañanas había que vencer la oposición de cualquiera de los dos conductores a esperarse, cuando veíamos correr por la calle Goya a una señora, que se le habían pegado las sabanas y venía tarde. Ya la habíamos echado de menos en la parada. Luego los parroquianos habituales.

Había un viaje, hacía media mañana, en el que se subía Conchita, una vendedora de cupones, que siempre se hacía la encontradiza con un buen cliente que le compraba la sabana. Nunca supe cuantos números iguales era la sabana. ¡Iguales para hoy! era una forma de pregonar los cupones. En los viajes de retorno hacia el centro, el pasaje era: algún turista despistado en Hotel el Brillante, o un campista, más habitual por aquello del poder adquisitivo. Como comprenderán no es normal hacer la ficha de todos los pasajeros, sólo de algunos, como muestra, aunque no crean que habían muchos más.

Siempre existía un personaje habitual en algún que otro viaje, era el clásico individuo que procuraba rozarse con la señora que podía. Formaba parte de una sociedad encorsetada en una falsa moral. Era como el “espetaor”, pero cuerpo a cuerpo. La mayoría eran conocidos y muchas veces bastaba una mirada para hacerlos desistir, cuando la prudencia de la mujer sobrepasaba lo admisible.

Había que reconocer que el roce del individuo era más subjetivo que real. Un poco como las hormigas de “Cuando ruge la marabunta” visionada en Francia y contada casi siempre por un vecino emigrante que la había visto allí, y que decía que eran todas señoras en pelotas. O como el polvo de Gregory Peck a Jenifer Jones, en "Duelo al Sol", que no fue polvo ni nada. Hizo ademán de echarse encima de ella, ella le tiro el trapo de fregar y... el corte habitual. Más estaba en la imaginación calenturienta y necesitada de los espectadores que en la realidad del “film”.

La Avenida del Brillante, no era lo que hoy. Hacia su mitad, un paso a nivel, controlado por un vigilante, muchas veces era una señora, que vigilaba la línea de Almorchón. Los chalets no eran tan opulentos como los actuales, eran pequeñas casas de recreo, evidentemente vivir en ellos no era como vivir una familia una habitación en una casa de vecinos. No había masificación. Ni apenas coches. Muchos solares vacios a un lado y otro de la avenida, que decían habían construido los plateros en una de sus periódicas “paradas”, por eso lo del Brillante. ¿Otra leyenda urbana? Puede, pero es atractiva.



Paradas de; Huerta de la Reina, la Primera, el Camping, el Puentecillo y la final, en la venta, frente al Hotel el Brillante, y la extra de la Arruzafa. Antes de ellas se había pasado por la estrechez del Viaducto del Brillante, hoy desaparecido. Casi al final el Sanatorio de la esquina del Calasancio y ya está el trayecto acabado.

Había un lugar muy significativo que servía para la protección de la inclemencia invernal y la protección contra la veraniega. Al atardecer era lugar de espera de novios, y servía para las líneas que bajaban de Toledo, Carril y Naranjo, sin olvidar el Brillante. Eran esas paradas cubiertas que han sufrido muy pocas modificaciones desde su implantación, y que posiblemente solo quede la que reflejamos en las fotografías. Hoy está dotada de la pantalla electrónica de tiempos de llegada de los coches, bastante más moderna que antaño, y es lógico, pero igualmente refugio de enamorados y protectora de las inclemencias meteorológicas.

Por ello el "personaje" no humano pero no menos entrañable, que recordamos hoy es: la parada de autobús de la Avenida del Brillante (esquina Goya).

Antiguo Viaducto del Pretorio

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