domingo, 23 de agosto de 2009

EL "REGAOR" DEL PATIO DE LOS NARANJOS


Florencio era un hombre relativamente viejo, no por su edad pero si por su apariencia. Era oriundo de un pueblo de la sierra aunque llevaba un tiempo viviendo en Córdoba. Su domicilio era para nosotros desconocido. Vestía como un campesino. Pantalón de pana oscura, chaquete y la mayoría de las veces usaba chaleco. Se cubría con una boina y en invierno usaba un chaquetón.
Su misión era muy simple e importante a la vez. Era el encargado del riego de los naranjos del patio de la Mezquita. Este lo efectuaba de un modo periódico, utilizando el agua de la fuente de Santa María o del olivo. Esta en su lado oeste tiene una pileta donde desembocaba el desagüe principal, en su parte más baja, así como también el aliviadero de la fuente en su parte alta con un caño metálico.
A partir de la citada pileta discurría un canalillo, que nosotros llamábamos reguera. Esta reguera por el lado oeste describía un ángulo recto en dirección norte y luego finalizaba en el extremo oeste del patio, no sin antes pasar por debajo de una losa que cubría la reguera delante de la puerta del Perdón. Por el otro lado, el este, hacia lo mismo partiendo de la pileta de desagüe de la fuente, bajaba hacia el sur y luego nuevo ángulo recto salvando el olivo rodeaba la fuente y hacia arriba de nuevo hacia el norte para después de describir un nuevo ángulo recto acabar en el extremo este del patio.
Esta era la arteria principal, a ella estaban unidas unas secundarias, en número de catorce, en dirección sur, que a su vez contenían cada una de ellas siete círculos donde estaban plantados los naranjos, lo que nos da un número total de noventa y ocho árboles. La masa forestal del jardín se completaba con diez palmeras datileras, algunas de las cuales eran dulces y otras decíamos los chavales que comiendo sus dátiles daba el garrotillo. Cosa imposible ya que el garrotillo era el nombre vulgar y antiguo de la difteria, enfermedad que ocasionaba una inflamación de la mucosa respiratoria. Lo que pasa es que al ser amargo el dátil y áspero en su sabor, parecía que molestaba en la garganta, y eso generaba una carraspera que forzaba una tos parecida a la de la enfermedad. También existe una palma canaria. En cierta ocasión amanecimos después de un día de aire con una palmera caída, que como cayó de noche no causo daño a nadie. Fue un acontecimiento verla trocear. También tenía el Patio plantados diez cipreses. Los cipreses nos causan un cierto respeto por aquello de ser los árboles del cementerio.
Volviendo a nustro personaje, el “regaor” del Patio de los Naranjos, cuando procedía el riego, éste se realizaba por inundación. En la pileta de la fuente principal se ponían unas tablas que encajaban en unas muescas del canalillo o reguera y que, junto con unos trapos que servían de ajuste, dirigían al agua hacia, primero la arteria principal oeste. A la entrada de la primera secundaria se cerraba y solo esta se llenaba. Luego se cerraba a la altura de la segunda secundaria y se cerraba la primera, para que el agua inundara la segunda reguera y así sucesivamente, con el juego de tablas y trapos, para regarlo todo. Pero hete aquí que los “porculeros” niños, cuando Florencio estaba controlando una reguera secundaria, en la fuente se caía la presa principal y el agua se dirigía hacia el este quedándose sin agua. El hombre, en principio no comprendía lo que pasaba, volvía a encajar la presa para volver a dirigir el agua hacia el sector oeste y cuando lo había hecho, veía con asombro que se le había caído la tabla de la arteria primera, por lo que el agua llegaba hasta el final.
En principio mascullaba barbaridades, sobre él mismo, considerando que no había apretado bien las tablas, pero lo que menos se podía imaginar era que un chaval procedía a quitarle las compuertas. Eso sucedía unas cuantas veces en el día de riego, lo que suponía risas en el grupo de nenes alejado de donde estaba el “regaor” para no levantar sospechas. Hasta que un día, un francés –para nosotros todos los turistas eran franceses- que vio a uno de los chavales hacer la travesura, lo agarró del brazo e intento llevárselo al viejo, el chaval logró zafarse, pero ya sabía el “regaor” que cada vez que esto ocurría eran los chavales los causantes, y aunque ocurrió unas cuantas de veces más, el riesgo era muy grande por el mal genio de este señor. Era desde luego para tenerlo. Ya nos mantenía a raya e incluso alguna vez volaron las compuertas hacia los nenes.
Tiempo después, este señor posiblemente por haberle llegado la edad de jubilación, dejó de regar el Patio. También es verdad que alguno de nosotros ya no lo frecuentaba porque su edad lo dirigía hacia otros lares. Florencio vivía ahora en el Asilo de las Hermanitas de los Pobres, de la calle Buen Pastor. Cierto día salió del Asilo para gestionar algo particular y al pasar por una obra, donde estaba instalado un andamio, le cayó unas gotas de agua y mezcla, no sabemos si por casualidad o a caso hecho. Lo cierto es que por su boca salieron de toda clase de insultos al albañil, que desde arriba le pidió disculpas, diciéndole que había sido sin querer que perdonara, Florencio arreciaba en los insultos e incluso lo reto a que bajara. El albañil al tratarse de un anciano le volvió a pedir perdón y se dispuso a bajar para tranquilizarlo, pero cuando aún no había puesto los dos pies en el suelo, Florencio que había sacado una navaja del bolsillo le asestó una puñalada en el costado, mortal de necesidad por el lugar por donde entró la navaja.
Efectivamente el joven murió y Florencio fue detenido. Se corrió la voz que por su edad estuvo en la cárcel muy poco tiempo y luego fue desterrado. Eso significó perderle la pista al Florencio el “regaor” del Patio de los Naranjos. El comentario que quedó era que, con las veces que los habíamos hecho rabiar, con la de veces que afortunadamente habíamos podido zafarnos de él, luego resulto que le estábamos tocando “eso” a un asesino en potencia, como se demostró tiempo después.
(Fotografias de Bing y Cordobapedia)