lunes, 12 de octubre de 2009

Personajes de Córdoba de altos vuelos.


Dos globos Feria de Mayo

En las primeras décadas del siglo veinte el deseo de volar era grande, siempre lo ha sido, ya la mitología nos señala la leyenda de Icaro el cual voló tan alto que la cera con la que había pegado las alas, las derritió el calor del sol.

José Gallego Pérez, era un Sargento de Infantería con unas notables dotes científicas. Su inquietud inventiva, aparte de la que desarrollaba en materia de comunicaciones, con artilugios construidos por él, le llevó a probar un artefacto volador de considerables dimensiones. Lo fue construyendo poco a poco y lo guardó en un cocherón de la calle Mucho Trigo, en espera del día de la prueba de fuego. Cuando llegó éste y realizó la prueba aquella fue todo lo contrario que la de los hermanos Wrigth que, aunque corto el vuelo por lo menos despegó del suelo, pero el Sargento Gallego no tuvo la misma suerte y deshecho el invento.

Avión bicicleta

En esta ciudad ha habido bastantes exhibiciones de objetos volantes. Si echamos mano de las crónicas y comentarios de la época en principios del siglo veinte, y con motivo de la Feria de Ntra. Sra. de la Salud (virgen que es la que le da el nombre al cementerio que se construyó en los terrenos de frente de la Puerta Sevilla, a instancia –orden- del ejército francés. Y digo esto porque no tiene sentido que se llame un cementerio de la Salud). Volviendo a los vuelos una intrépida gimnasta se elevó sobre el cielo de Córdoba agarrada a un trapecio. El globo construido con tafetán e inflado con gas del alumbrado deleito a la numerosa concurrencia en su periplo.

Otro aventurero de los cielos, el llamado Capitán Scott, británico, hijo de una señora de familia aristocrática cordobesa y un ingeniero inglés. Este Sr. había venido a Córdoba para pleitear por una herencia, que no consiguió y, como quedó compuesto y sin novia, tuvo que ingeniárselas para conseguir el dinero para el regreso a las islas. Adquirió unos toldos de un viejo circo que existía en un solar del Paseo del Gran Capitán, y confeccionó un globo de extraña forma, que en lugar de parecerse al modelo Montgolfier, parecía una tinaja boca abajo. A pesar del peligro que suponía el tratar de navegar en aquel artefacto, el arriesgado Capitán Scott, hizo múltiples ascensiones, mientras la señora Scott pasaba el platillo a la concurrencia. Consiguió el dinero y desapareció de la ciudad, no obstante fue cantado por el gracejo popular en coplillas de carnaval.

Go play

En otra ocasión, un compañía de titiriteros anunciaba en su programa, que tenía lugar en la Plaza de Toros, una ascensión en globo al final del mismo, de un aeronauta enganchado a unas anillas. Cuando llegó el momento del vuelo, atracción estrella, el arriesgado piloto manifestó que no podría efectuar la ascensión por no haber encontrado leña en Córdoba, a pesar de su frondosa sierra, para llenar el globo de humo. Soltó un discurso científico de los principios aerostáticos, como si fuese primo de los Montgolfier, que no convencieron a nadie. Se comentó que un periódico local lo tachó de tomadura de pelo.

Otro aeronauta el Capitán Martínez intentó ejercicio similar pero no consiguió elevarse ni siquiera por encima de los tejados de la Plaza de Toros. No llegaban las aventuras a cumplir ni siquiera lo pactado en los prospectos.

Durante varios años consecutivos vino una compañía acrobática, en la que actuaba el aeronauta Enrique Moscardó, al final de la función subía en el globo preparado al efecto, a una considerable altura. La exageración del pueblo llano llegó a decir que se perdía de vista. En una ocasión le sorprendió una tormenta y explicó a la prensa que temió por su vida, en el supuesto que cualquier chispa eléctrica hubiese incendiado el aerostato. En otra ocasión subió con él a un limpiabotas que se conocía como el Pavo, que después sería su mejor propaganda callejera.

Después el aeroplano sustituyó al globo. En el programa de la Feria de mayo de 1910 estaban previstos lo experimentos de aviación, y se suspendieron porque descargó una tormenta horrorosa. Los aviadores René Barrier y René Simón los suspendieron para el día siguiente y sólo pudieron realizar un vuelo.

Al año siguiente Tizzier repitió el espectáculo aeronáutico, que pudo ser el último. Luego la costumbre de los vuelos aerostáticos ha seguido en los programas de la Feria de Mayo, posiblemente a imitación de los de principios del siglo veinte.

La famosa y conocida fotografía de Gedson, de la ciudad completa desde el aire, se realizó desde un globo aerostático, con el artista y un fotógrafo de tripulantes. Hay que tener en cuenta la dificultad que supondría, pues los daguerrotipos requerían de una prolongada exposición, y una quietud como es lógico máxima, que suponemos no tendría el globo, so pena que sus anclajes fueran múltiples y el viento fuerza cero.

Dirigible monoplaza

Un caso curioso fue el de un albañil Fermín, que construyó un artilugio volador esperando emular a Ícaro. Hizo pruebas en Pedroche y le tomó el gusto, posteriormente perfeccionó el aparato y se lanzó desde un tejado con el resultado de que en lugar de pájaro se tuvo que contentar con una silla por fractura de una pierna.

Luego recuerdo, ya en época en la que entra de lleno en mis vivencias, un aviador que, con un pequeño avión hacía acrobacias en el Estadio del Arcángel, haciendo pasadas a baja altura y arriesgados looping. Creo recordar que se llamaba el Marqués de Santacuzano (¿) (no he conseguido confirmar el apellido), pero yo lo he visto hacer su exhibición aérea en los prolegómenos de un partido de futbol en el Estadio Arcángel.

Más cercano a nosotros, la más importante exhibición aérea fue, cuando se inauguro a bombo y platillo el aeropuerto Municipal, a cuyos actos fuimos andando desde Córdoba muchas personas.

Lo cierto es que, sin personas como Scott, Tizzierr, José Gallego, Moscardó, Fermín, y muchos más la aviación no hubiera despegado como lo ha hecho.


(Idea de Notas Cordobesas)