lunes, 22 de noviembre de 2010

EL PUENTE DE LOS DIABLOS.

Un pequeño desnivel hacia el puente.

Somos muchos los cordobeses los que hemos ido al Molino de Lope García, lugar habitual de baños. En función del barrio en el que se viviese, se iba por un camino u otro, acabando siempre en el Molino. He estado de mayor por allí, pero la última vez al baño fui desde Cañero, desde casa de mi tía Encarna, no pasamos por el puente esa vez, pero si a la sombra de los árboles de las huertas aledañas, que la daban sobre el camino. Ese día fue muy aciago porque poco me ahogo.

Yo no he sido nunca un Johnny Weissmüller, desde luego pero me llevaba la corriente, tragué agua y Pepe Muñoz, que seguro tenía un volumen testicular mayor que la media –como le decía alguna vez Lola, su mujer-, me miraba tan tranquilo y yo aguas abajo. Pude agarrarme a un taraje y salir a duras penas. No me sirvió para aprender, si es eso lo que él pretendía, sino todo lo contrario, le cogí pánico al río.

Iglesia conventual de Madre de Dios

Si ibas desde Santiago o Puerta Nueva, seguro que lo tenías que pasar. Me refiero al puente título de esta entrada, el Puente de los Diablos. Esta tarde antes de comer he estado allí precisamente encima de dónde estaba, y dos señoras mayores que cogían forraje de la vera del Camino de Lope García han sido las notarias, e incluso han discutido coincidiendo simplemente en el lugar exacto.

La leyenda

Es esta una leyenda cordobesa poco conocida, de tiempos antiguos, cercanos a la conquista, relacionada con D. Diego -no se sabe de su apellido-,calavera, sinvergüenza y criminal, que no trabajó en su vida, hijo de un rico hacendado, al que traía de cabeza de sus correrías y que no sabía -su padre-, como sacarlo de los conflictos en los que estaba metido con la Justicia.

Encima del puente. A la izda. Lope García, a la dcha. Carbonell.

Esas espadas de Damocles que pendían de la cabeza de D. Diego, hizo que su padre le aconsejara ingresar en un convento, para que los hábitos lo protegieran de sus desmanes. En ello estaba una vez ingresado en el convento de franciscanos, de San Juan de Dios, que había más allá de la Puerta Nueva, en el camino del Molino de Lope García.

Pero como “quién nace lechón muere cochino”, él continuaba con sus fechorías y amoríos secretos y no tanto, tentando a diario la posibilidad de su expulsión del convento al no cumplir con las reglas. Cierto día de correrías, se citó con una señora en una casilla cercana al molino. Para acudir a la cita había sobornado al hermano portero del convento, que le permitía la salida y vuelta antes del amanecer.

Desde el puente hacia Córdoba.

Una vez cumplida su correría, e iniciado el regreso al convento, empezó a llover de tal manera que cuando llegó a la altura de la pared de la Huerta de la Cruz, cercano al vado del arroyo de Pedroches, que había cruzado con anterioridad, observó que el caudal que traía lo había convertido en torrente siendo imposible cruzarlo. Se refugio de la lluvia torrencial debajo de un árbol que había en la pared de la huerta, cuando entre los relámpagos del temporal, y estando sopesando el problema que se le planteaba, invocó al diablo y se le apareció un "hortelano" cubierto con una capa -vamos no necesariamente era la alegría de la huerta, si no el diablo de la huerta- que se dirigió a él y con una cierta autoridad le dijo:

-Se de tu problema para regresar, si me prometes obediencia eterna te cruzaré  a la otra orilla y podrás cumplir y no caerás en manos de la justicia.

- ¿Y quién sois vos para pedirme eso? –le contestó D. Diego, el fraile-novicio.

-A ti no te debe importar quién sea, sólo el poder llegar a tu hora al convento, y eso sólo ocurrirá si puedes pasar el arroyo antes de amanecer. –le replicó el "hortelano".

El novicio empezó a asustarse de lo que estaba ocurriendo, al pensar como sabía el "diablo hortelano" de su vida y lo que ocurriría si lo expulsaban del convento e intervenía la justicia.

-Señor el tiempo pasa y no tomáis una decisión, y cuando pasa éste no vuelve jamás, pasa para siempre. –le volvió a decir machaconamente el "diablo hortelano".

Con el miedo atenazándole más de la cuenta, calado hasta los huesos, viendo que era media noche, no tuvo más remedio que ceder y aceptar la propuesta.

-Haga vuestra merced lo que quiera, acepto la propuesta, ya que necesito su ayuda para salir de esta.  –le contestó balbuceante el fraile-novicio.

Entonces el hortelano descolgó un cuerno de carnero de su cintura, tocándolo, y aún a pesar del fragor de la tormenta se oyó claramente su sonido turbador. En breves momentos se llenaron ambas orillas del arroyo con obreros y útiles, que se pusieron a trabajar y en un corto periodo de tiempo quedó construido un puente que salvaba el torrente en que se había convertido el arroyo. Entonces el hortelano se acercó a D. Diego invitándole a cruzarlo, no sin antes decirle:

-Yo ya he cumplido lo prometido para que se puede librar de la cárcel, ahora deberá vuestra merced cumplir su parte. Deberá darme unas gotas de su sangre, y estrechar mi mano para sellar el pacto. El puente así quedará aquí para toda la vida como símbolo de lo pactado.

Así lo hizo D. Diego acuciado por su prisa y se perdió camino del convento, alegrándose de cómo había salido del trance felizmente. Llegó a tiempo al convento antes de amanecer.

Maleza del antiguo arroyo ahora entubado.

Desde aquel día los vecinos llamaron al puente que apareció en el arroyo de Pedroches, “El Puente de los Diablos”, por su enigmática construcción en una noche de tormenta. D. Diego a pesar de haberse salvado, parece que enfermó, posiblemente por la enorme mojada que sufrió y al cabo del tiempo murió. De ello se corrió la voz y se cantó una coplilla:

“Del susto el fraile enfermó
muriendo a los pocos años.
Y dicen que al expirar
estaba el demonio al lado” 

Lo cierto es que el puente motivo de la leyenda, o la leyenda del puente, estuvo muchos años en pie, pero la frase “así quedará aquí para toda la vida”, no se cumplió porque el “progreso” se ha encargado de hacerlo desaparecer para siempre, aunque a lo mejor, el “para toda la vida”, signifique que estará enterrado, aunque no cumpla su función.

Vista aérea del lugar de Google.

Dice D. Teodomiro Ramírez de Arellano, en su paseo sexto, Barrio de Santiago, sobre el Convento de Madre de Dios

“Cuentan algunos ancianos de un lego que, dado a una vida sumamente libertina y teniendo una noche una cita, se encontró con que le era imposible venir a Córdoba por no poder vadear el arroyo Pedroche o de la Palma que una horrible tormenta había aumentado su corriente. Entonces pidió a voces al diablo que lo sacase de aquel compromiso, ya que no le era lícito encomendarse a su padre San Francisco, a quien debiera estar más sumiso, logrando su objeto, puesto que a seguida se le presentó una legión de diablos que fabricaron el puente que le dio paso, y que en nuestro concepto cuenta dos o tres siglos de vida anteriores a la fundación del convento.”

Vista aérea del lugar del vuelo americano.

Aclaraciones necesarias

La leyenda se refiere al convento a la salida de Puerta Nueva a las espaldas del actual matadero, y que era el Hospital de San Juan de Dios y no era de los franciscanos. Su construcción fue allá por el 1290 de orden de Sancho IV, luego fue el Hospital de San Lázaro y en 1570 se lo entregó Felipe II a la orden Hospitalaria de San Juan de Dios. Después en la era contemporánea fue destruido por un incendio.

Ramírez de Arellano dice el Convento Madre de Dios, y declara que la antigüedad del puente es anterior a la creación del convento, rebatiendo la verosimilitud de la leyenda. El convento de Madre de Dios se llamó de nuestra Señora de los Remedios y San Rafael y sí perteneció a la orden Tercera de San Francisco. Vamos en una palabra, una duda conventual.

Buscando algún dato más, encontré en San Google, una referencia a un blog cordobés amigo Puerta de Osario, que en abril hizo un estupendo trabajo relativo a este puente, con una descripción del lugar, con datos detallados y planimetría, que me permito referenciarlo por su interés.

Eso redunda en el problema de la falta de rigor de las leyendas, sino no lo serían, serían historia. Y también es significativo como siempre, que los nombres de los sitios los apellide una leyenda como ésta del “Puente de los Diablos”.

Bibliografía: PPC de Ramírez de Arellano,
Historias y Leyendas de Córdoba y alguna más.
Fotos de Google y del autor.

6 comentarios :

Talbanés dijo...

Vaya una leyenda interesante, no la conocía. Sería bueno que alguien hiciera una recopilación de todas las leyendas de Córdoba y provincia, porque seguro que con el tiempo muchas se perderán, estoy seguro de que muchas se han perdido ya. Un saludo y enhorabuena.

Paco Muñoz dijo...

Talbanés, de leyendas estamos bien servidos. Hubo un tiempo que la mayoría eran de fantasmas, que no eran si no citas nocturnas de amantes, que derivaban al fantasma por si lo veían salir de la casa dónde no debiera estar. Como desde el que el mundo es mundo, la "jodienda no tiene enmienda", y claro luego estaban los miedos al más allá y las cuestiones de iglesia, que hay muchas.

Talbanés dijo...

Efectivamente Paco, en Montalbán les llamaban "las fantasmas", y eran famosas sus correrías nocturnas. Mi abuela me habló alguna vez de ellos hace muchos años, pero por lo muy joven que yo era no le presté la debida atención al asunto, ojalá me hubiera acordado de preguntarle años después porque seguro que eran historias muy antiguas de mi pueblo que merecería la pena rescatar..., por desgracia mis abuelas ya no viven. Un saludo amigo.

Paco Muñoz dijo...

Entonces en todas partes se llamaban igual. Ahora con irse a un hotel ya no hay que asustar a las vecinas curiosas. Lo curioso es que en casi todos los barrios había alguno. Entre "espetaores" y fantasmas no cabían en la noche cordobesa.

José Manuel Fuerte dijo...

La de veces que he pasado por ahí de niño. No sé si se refiere a este o no, pero nosotros llamábamos Puente de los Diablos a uno que había que atravesaba un arroyo donde estaba el cañaveral, y era zona de juegos, por supuesto. Era un puente de una tabla estrecha con cuatro mojones cuadrados en cada esquina que servía para poner cualquier cosa que apedrear o para ver quién aguantaba más tiempo el equilibrio sobre ellos.

Toda esa zona me la conozco al dedillo y cuando lo pienso la verdad es que fui un afortunado teniendo todo aquello para nosotros. Ahora veo a mis hijos sentados en el sofá con la Nintendo o la TV y se me abren las carnes. ¡Qué pena!

Paco Muñoz dijo...

José Manuel

A lo mejor a ese que te refieres del cañaveral -aunque éste también tenía uno-. sería el de Santa Matilde, poco más abajo de la Cuesta de la Pólvora. De todas formas nada más salir a la carretera Madrid ya estabas en el campo, no como ahora.

Las modas son las que son, y los tiempos igual, yo fui un niño más "científico" con los medios que en ese tiempo se podían tener, es decir menos de campo, ahora de mayor, me estoy inclinando más por la naturaleza.

Saludos.