viernes, 24 de diciembre de 2010

LA CASA DEL CALLEJÓN

Cardenal Herrero 14, la Casa del Callejón,
hoy Hotel Restaurante Los Patios

De entre las muchas casa de vecinos que había en el barrio de la Judería, una tenía una notable significación para mí, la Casa del Callejón. Hoy día 24 he hecho, lo que nunca había hecho después de que dejó de ser casa de vecinos, entrar en ella. Ahora es el Hotel Restaurante Los Patios. Propiedad de la hija de D. Antonio Moyano, el "maestro" del Colegio San Eulogio, y cuyo gerente, Sergio -nieto de D. Antonio-, me atendió con la amabilidad que caracteriza a esa familia. Me permitió hacer las fotografías con las que se aderezan esta modesta reseña. Hablamos de muchas cosas, bueno... hablé yo, le referí todas las personas que habitaron esa casa, de las que yo recuerdo; le señale dónde se hacia la candela el día de nochebuena, pero cincuenta y tres años atrás; andurreé por el establecimiento tratando de situar viviendas, patios y los elementos que están en mi memoria. Hablamos de su familia, supe de los que ya se habían ido y de los que quedan, y no pude saludar a su madre porque había salido. Tengo que reconocer que la visita ha sido para mí un excelente regalo de nochebuena.

El Callejón

La casa del Callejón era como su nombre indicaba. Una puerta de entrada de madera y un largo callejón con una reja en su frontal y un balcón superior. Luego hacía un giro a la izquierda, continuando el callejón, en él y en una puerta al frente de esta porción del callejón vivía una familia, Julio Sierra e Isabel, con sus dos hijos, Juan y Paqui, una de las chavalas más atractivas de barrio. Juan después fue un excelente técnico electrónico. Julio era guarda nocturno de una cafetería -creo que Dunia-, que existía en el Gran Capitán, y desgraciadamente se lo encontraron muerto una mañana, lamentablemente había fallecido seguro de algún problema cardiaco durante su guardia nocturna. 

Este patio antes estaba formado por el
 del recreo del colegio y la otra porción de callejon.

Antes, y a la derecha había un pasillo, donde estaban las puertas de la familia del Sargento Carmona, un militar retirado -con lo que significaba el uniforme en esos tristes tiempos- y su esposa, y la de la familia Surañes, Rafael y Conchi -que creo ejercían como de caseros-. Rafael era camarero del Hotel Meridional, su esposa era una morena guapísima, a la que recuerdo siempre de negro. Tenían cuatro hijos, tres niñas y un niño, la hija mayor Conchi, era muy parecida a su madre a la que superaba en belleza. 

El pasillo anterior se bifurcaba en otro a la izquierda, donde había un patio con un árbol en el centro y dos viviendas. A la derecha Julia y Miguel, que era único hijo del Sr. Carmona, el sargento retirado. Éste matrimonio era modélico, Julia, la esposa, era la bondad personificada, Miguel, gran aficionado a la pesca, empleado de banca y excelente persona. Tenían  tres hijos, Paqui,  Mari y José Miguel, a cuál mejor. Frente a la vivienda de Miguel y Julia, había una escalera estrecha, empinada que subía a otra donde vivían Pepita y el zapatero, ahora inexistente.

Escalera de subida a la planta alta y pasillo de acceso al patio del árbol

Volvemos al pasillo anterior, en él estaba la escalera que subía al piso alto. La vivienda del balcón al Callejón, era la de Amador, Paco, Pepín y su madre Josefa, que también era viuda de ferroviario. Ésta era la cabeza de familia como se decía; Amador tenía una gruesa suela de zapato para compensar un problema ortopédico, era joyero y tocaba la trompeta bastante bien por cierto, otras ventanas de Josefa daban también al callejón. 

En la región de Lain, en el este de Francia, cerca de Lyón y la frontera Suiza, hay una pequeña población que se llama Bourg and Bresse, famosa por sus pollos de patas azules. Visitando la Casa de España de la localidad en el 1993, se nos acercó una familia al saber que éramos de Córdoba y me dijeron: 

-¿Usted es de Córdoba? nosotros somos de Bélmez. 

-¡Sí, claro! Hombre Bélmez, cerquita de Córdoba, en la sierra. –le contesté. 

–¿Y de qué barrio son ustedes? –me volvió a preguntar- porque nosotros tenemos familia en Córdoba en el barrio de la Mezquita, frente a la Puerta del Perdón, en una casa de vecinos. Allí viven mis primos, uno de ellos se llama Salvador. 

Inmediatamente comprendí de quién me hablaba, por el pueblo al que hacía referencia y la casa y le dije: 

-No, usted está equivocado, -le rectifiqué- su primo se llama Amador y su hermano Paco se casó con Uchi, una prima suya que vivía en la misma casa, también de Bélmez y la madre de Amador es Josefa, viuda de ferroviario. 

No contestaron nada más que ¡Sí! Y se echaron a llorar. Hacía treinta años que no sabían de ellos y un “extranjero” les vino a rectificar el error del nombre de su primo y a aclararles que estaban bien. Nos dieron un abrazo, muchas veces las gracias y no se separaron de nosotros todo el rato, además de invitarnos a su casa. Les prometimos que le haríamos llegar el vídeo del encuentro a su familia, en el que saludaron y se dirigieron a ellos directamente. A miles de kilómetros, unos cordobeses, preguntan por unos familiares y resulta que son conocidos por el que suscribe. Increíble la casualidad.

Arriba también vivía Angela y Márgara, Rosario y Vicenta, y Esperanza y sus hijos Mariano y Gabriel el Guardacoches de la Mezquita con su gorra de “Garde Voitures”, en francés. Al que Sir Alexander Fleming le regaló un vale para penicilina, en su visita a la Mezquita, cuando le oyó toser al abrirle el coche, y se enteró, por medio del intérprete,  que había estado en el sanatorio de Puerta Nueva con tuberculosis.

El pilón del patio que podemos llamar principal.

Bajamos nuevamente la escalera y entramos a otro patio que tenía un pilón y muchas flores. A la izquierda unas cocinas y la casa de Paco Aranda y su madre, que también era viuda de ferroviario. Paco era mi amigo predilecto, luego por razones desconocidas dejamos de hablarnos y hasta hoy. Todavía cuando le veo me dan ganas de llamarle la atención y preguntarle por su familia. Las ventanas de su exigua vivienda, como todas, más o menos, daban al citado patio anterior, el del árbol. A la derecha la casa de Francisca y Ángel, (Francisca López y Ángel Caballero Leal, natural de Benalúa de Guadix, Granada) una buena mujer y un buen hombre. Tenían tres hijos: Rafalín, Manolín y Pepín. La vivienda era una sola habitación separada con una cortina y la cocina fuera, en el patio. Ángel trabajaba en la Electromecánicas. Rafalín era nervioso y se ganó el apelativo de “Caballo Loco”, por gustarle las películas del oeste e imitar los relinchos de los caballos muy bien. Se hizo camionero y partió al noreste de España de charnego, a colaborar en progreso de esa zona. Sufrió un accidente que lo retiró. Hicimos la mili juntos en la misma compañía, en el 68, en Cerro Muriano. Manolín, “de Francisca”, uno de los “Maîtres” más elegantes y profesionales de esta ciudad: Taberna la Mezquita, Los Califas, Churrasco, Caballo Rojo, el Bosque, etc. ya está retirado, era como James Steward de joven. Pepín “el chico” un gran carnavalero de mayor.

Lo que era la entrada a la vivienda de Francisca López y Ángel Caballero

A la derecha había otra escalera -ahora no está- donde vivía Francisco y Manuela y su hija María Luisa, “Uchi”, que posteriormente se casó con su primo Paco, el hermano de Amador. Esta familia era natural de Belméz, como la de sus primos, un pueblo de la serranía en la cuenca del Guadiato. También vivía Magdalena su hija y unos estudiantes. Debajo de la escalera estaban los servicios comunes, los retretes, y las pilas para lavar la ropa. Ahora es un bonito patio con un pozo.

De vuelta al patio, estaba la vivienda de la abuela Teresa, también de la sierra, de Villaralto, Su hija era una señora, bajita, guapetona y aparentemente seria, por lo menos para mí, seriedad que seguramente encerraba timidez. El ser madre soltera, en esa sociedad mojigata de los cincuenta, seguro que marcaba. Era una mujer  muy trabajadora y tenía una hija que se llamaba Teresita. Esa vivienda la compartía también otra familia que habían recogido, una señora amiga con dos hijos, ya mayores, uno de ellos se llamaba Germinal, conocido de mi primo Paco, siempre me llamó la atención ese nombre republicano, no sé cómo lo consintió el régimen del General. La falta de intimidad en esas viviendas daba como resultado situaciones desagradables de “voyeurismo” de los clásicos espetaores, por lo que había que buscar los momentos adecuados para el aseo que evitaran  lo primero. 

El patio principal y enfrente lo que fue la vivienda de la abuela Teresa.

Teresita era algo especial, despuntaba su listeza y capacidad para el estudio. Era, según apreciaciones de un niño, una delicia de niña, guapa, tímida, dulce, con el natural encanto de la chica de pueblo recién llegada a la ciudad. Tenía nueve años. Para mí era lo más delicado y adorable que habitaba en la casa de vecinos mencionada. Era meses más joven que yo y nos teníamos, un cierto apego, ahora se llama “feeling”. La verdad es que con nueve años no podía haber otra cosa. Los mayores, en este caso mis padres -sobre todo mi madre-, y creo su abuela, sabían de nuestra común empatía, y veían con buenos ojos, lo que evidentemente era una infantil cercanía, de dos niños que simpatizaban entre sí. Otros chavales mayores que nosotros, sabedores de nuestro afecto, nos incitaban a otras cuestiones. En cierta ocasión prácticamente me obligaron a que intentara levantarle la falda, cuestión imposible y por la que por poco me gano un guantazo. Eso ocurrió en la Puerta del Perdón, debajo de la torre, en uno de sus rincones.

Las nenas y nenes de la casa del callejón (no están todos)

Las navidades, eran especiales en las casas de vecinos, especialmente en ésta se hacía una enorme candela en el callejón y allí se cantaba, bailaba, bebía y comía, bueno se comía algo menos, no estaban los tiempos para derroche. El día de Nochebuena era la fiesta por excelencia, en esos tiempos no se celebraba la Nochevieja, sin embargo, las mías eran tomarme las uvas dos veces, escuchando una la BBC de Londres con mi tío Pepe, y luego la de nuestro horario con la Puerta del Sol de Madrid. Esa Nochebuena del cincuenta y siete hicieron un baile, un viejo y desvencijado tocadiscos cuyo altavoz era la tapa fue el elemento musical, bailé con Teresita todo el tiempo que duró la fiesta, que fue en casa de Francisca –bailar es un decir, por ser un pésimo bailarín-. Aquello me resultó maravilloso. Teresita era como se dice el primer amor, si se puede llamar así esa atracción por una niña. Lo cierto es que esas sensaciones se quedan en lo más recóndito de tu cerebro siempre. Arreglando los versos de Rafael de León podría decir: “Cuando contigo bailaba, yo inocente me pensé, que ese baile nos casaba, como marido y mujer”. Después, ya despuntando la adolescencia, a Teresita la pretendieron varios chicos. Ella ya se estaba haciendo mujer aceleradamente, y yo me quedaba atrasado como niño. Los niños como siempre más torpes. Eso desde luego no era óbice para que sintiera celos de todo el que se le acercaba. Hasta el extremo que en cierta ocasión, obcecado por ellos y por su adelantada madurez, le tiré una naranja del Patio de los Naranjos que le dio en la cintura, y lloró lo suyo. Para que, Doña Teresa, su abuela, visitó muy alterada mi casa y lo puso en conocimiento de mis padres, más que nada de mi madre. Después la reprimenda fue antológica. Hoy en día hubiera sido procesado, era un caso típico de "violencia de género" pero entonces con diez años no se tenía edad penal.

En este lugar se hacía la gran candela de la nochebuena.

También sucedió otro episodio que me hizo, y me hace todavía algunas veces, sentirme miserable: Teresita, estudiaba en un colegio de niñas de la plaza de Jerónimo Páez -ese edificio abandonado hace años, en la esquina con Antonio del Castillo-. Cierto día hablando con una compañera de colegio, me fui de la lengua y le dije que le gustaban los nenes –cosa por otra parte normal, vamos, natural-, a la susodicha le faltó tiempo para decir lo que sea en el colegio, con la crueldad habitual de los niños, no sé qué diría. Otra vez Doña Teresa a mi casa, llamando a voces a mí madre desde la calle, pues fui señalado como el autor del entuerto, que lo era, aunque manipulado después -no se como, pero debería ser muy grave la manipulación, por el notable enfado de Doña Teresa-. Aquí la reprimenda no fue verbal, sino en forma de zapatilla de mí madre, cuyas suelas quedaron señaladas en mis glúteos por varios días. La teoría del castigo corporal de mí madre era; golpes en la cabeza no, pero en el trasero no le pasa nada. La verdad es que aquello funcionaba.

Cardenal Herrero, 32

Luego la vida le dio duro. Pasados algunos años se casó con un individuo cuya afición a la bebida la llevó a separarse de él. No fue un tiempo de rositas para ella, ignoro desde luego, si hubo algún otro tipo de maltrato. Se separó y luego se unió a otro chico y desgraciadamente tampoco funcionó la unión. Tuvo una gran alegría cuando fue reconocida por sus hermanos de padre, al que ella no conoció, y con los que se lleva extraordinariamente bien. Ella buscó sus orígenes y los encontró. En resumidas cuentas, una valiosa mujer que, al igual que el ave fénix volvía una vez y otra a renacer de las cenizas. Yo siempre me he preguntado que podría haber ocurrido si mi madurez hubiera ido pareja a la suya, y nuestras vidas hubieran estado más cerca consolidando ese sentimiento o atracción, de niños. Es lo que pudo haber sido y no fue. Nunca lo sabré, es esa bifurcación de caminos, de decisiones que modifican vidas. Cuestiones que entran dentro de lo que se llama el destino; el, estaba escrito musulmán; o el, estaba de Dios, de los cristianos. Siempre optamos, desde nuestra insignificancia, considerar que esas decisiones son decididas por un ente superior, quizás tratando de delegar la responsabilidad decisoria en él, pero no es así, las decisiones las tomamos los humanos sin “divinidades” que nos guíen. Lo que sí es cierto es que no puedes rebatir esas teorías, porque “siempre te encuentras con Ramírez, tires por donde tires”.

 Otra gran casa de vecinos, C/ Medina y Corella 4.

Recuerdo una vez que la vi, con motivo del sepelio de Teresa, su abuela, en el Sagrario de la Mezquita –puede resultar contradictorio un sagrario en la mezquita pero es así-, de negro, con ese halo especial por la tristeza del momento, con ojos llorosos, que me hizo verla más guapa aún, a pesar de la triste situación. Después, muchos años después,  la he visto alguna que otra vez por la calle, pero nunca me atreví a llamarle la atención, sobre todo tenía necesidad de pedirle perdón por el naranjazo y el comentario estúpido. Siempre que me cruzaba con ella tenía la sensación –no era una sensación, era verdad, comprobada a posteriori– de que no me conocía. Posiblemente había perdido la “pinta” para ella. En un encuentro con mi hermana, le preguntó por mí: 

-¿Y Paquito? –dijo. 

-Muy bien, me ha dicho que te ha visto por la calle de vez en cuando. –contestó mi hermana.

¿Y por qué no me llama la atención? yo no lo he visto, o ¿a lo mejor ya no lo conozco? ¿Ha cambiado mucho? –le preguntó nuevamente. 

–Bueno, no creo, no es el niño delgado de entonces... No, no ha cambiado mucho. –le aclaró Loli.

Lo cierto es que nunca le llame la atención. Es llamativo lo fuerte que se afianzan en nuestro cerebro, determinados recuerdos, que si bien es verdad se han almacenado en una recóndita zona, cuando estaba libre de otras tonterías, la verdad es que son muchos los años que tienen de vigencia. La realidad es que están ahí, es el film de la vida, contigo como director y guionista. Realizado a tu medida. Una película de tu propiedad absoluta. Guiones platónicos, que a lo largo -largo es un decir, porque es un soplo- de tu vida, has usado muchas veces, cambiando sólo la protagonista. En unos “ella”, era la Loli de “Novio a la vista”, o la Beatriz Fontana de “Diego Valor”, o la Rocío Dúrcal de sus comienzos, incluso la delgada y feílla chica de la calle Céspedes, para terminar con la niña bonita de la calle Mucho Trigo, con un perfil de princesa de cuento de hadas, que es la que al final te hace ganar el Oscar, y compartir nietos. La filmografía platónica es variada, según el momento y la edad. La película verdadera, la más taquillera, la que se proyecta a diario, está ahí, lo que ocurre es que el rodaje afortunadamente no ha terminado aún, el clip de la claqueta acaba con nosotros.

La Judería.

Después, de mayores, he hablado con Teresita y he tenido oportunidad de pedirle perdón por hechos acaecidos hacía muchos años, casi cincuenta y cuatro, que ella apenas recordaba, sí, por el contrario, pensaba que yo la odiaba, cosa que le aclaré que no era así si no al revés, eran los celos de un niño, tonto por más señas. Para mí seguía siendo esa niña delicada que tanto me gustaba, y en mis recuerdos sigue igual, no ha cambiado. Hablamos de nuestras respectivas familias, y sobre todo de nuestros nietos e hijos y comentamos aquellos tiempos y mencionamos a personas conocidas, de las que muchas ya no están. Hablamos de su casa, la del Callejón, en la que existía una elevada dosis de solidaridad, esa que funciona entre los que menos tienen, que se ha convertido por mor de los tiempos, en un bonito hotel y restaurante. Otras casas de vecinos en tiendas, u otro tipo de comercios, para vender una Córdoba no lejana que no fue así desde luego.

Fotos del autor y otra del díptico del Hotel Los Patios.

4 comentarios :

Molón Suave dijo...

¡Qué hermoso, Paco! Qué dulce nostalgia. Y qué magnífica memoria tienes. Una memoria que demuestra cuan feliz fue tu infancia, a pesar de las estrecheces y de las miserias de aquella Córdoba, por otra parte, entrañable y tan distinta de esta Córdoba de ahora, bastante más impersonal

Paco Muñoz dijo...

Gracias Rafael, muchas veces es fotográfica, pero estoy observando que algunas fotografías son exclusivamente mías, y al comparar veo que las tenía mal en el archivo. Me ha pasado con Werrybee con el chalet de la película el Cristo de los Faroles, lo tenía fijado y el me ha demostrado el error de mi foto. Si las cosas se graban mal...

La solidaridad entre las personas era enorme, se compartía todo sin tener nada. Se vivía con lo justo y aún no estábamos inmersos en esta injusta sociedad consumista de usar y tirar.

Y sobre todo existían pocos individualismos o menos que ahora, sobre todo en las clases a las que me refiero, que eran más igualitarias en la escasez.

Un abrazo.

ANTONIO Y ROSA V. dijo...

Me ha dado un pequeño vuelco el corazón al leer la entrada de hoy, yo también tengo un vínculo muy especial con esa casa.El mio es algo más reciente que tus "memorias" sobre este lugar, pero quizás no menos importante, y para mí sin duda será imposible de olvidar.
Mi especial vínculo es que en el actual hotel "Los Patios", fue donde empecé mi andadura laboral, mi primer puesto de trabajo, allí aprendí mucho, y tuve la suerte de compatir buenos momentos con la familia Moyano, y con todos sus empleados.
Muchas gracias de nuevo por estas entradas.

Paco Muñoz dijo...

Antonio no sabes cuanto me alegro, podemos decir que compartimos casa, esa era la de mis amigos y después fue de tu trabajo, la familia Moyano han sido a lo largo de mi memoria buena gente, en especial el patriarca de esa rama D. Antonio el "maestro" del Colegio San Eulogio, le decimos el maestro cariñosamente, pero era el Director. D. Antonio fue el impulsor de la Verbena de la Mezquita, junto con otra gente del barrio.
Te reitero las gracias y me alegro de la coincidencia en este pueblo. Puerta de Almodóvar y luego trabajando en el barrio de la Mezquita. Pues fíjate otra coincidencia pero a la inversa, mi primer trabajo fue en la Puerta Almodóvar, en Fernández Ruano con ese artista que fue Paco Díaz Roncero, uno de los mejores orfebres que ha dado Córdoba. El taller estaba en la callejita en la casa del fondo.
Un abrazo.