lunes, 30 de abril de 2012

LA CASA DE GÓNGORA EN LA CALLE DE CABEZAS.


La plazuela de la entrada al palacio,  fachadas oeste y sur de la casa, y urinario de rincón

Hasta el jueves veintiséis no tuve la oportunidad de entrar en la casa de Góngora, en la calle Cabezas. Un marco incomparable, a la sombra del palacio insondable que a su vez fue torre de la muralla que separaba la medina de la Axerquía, de los Marqueses del Carpio. Con esta casa me une el anecdotario personal, que siempre es muy curioso. Todo es una urdimbre en la que están entrelazadas muchas cosas. La habré visitado multitud de veces, pero siempre la encontré cerrada a cal y canto. 

La fachada

Ningún cartel en la puerta que ponga los horarios de apertura y cuándo. Esta semana he ido a todas horas, tantas que, como pasaba por el cruce de Rey Heredia, Badanillas, Cabezas y Caldereros -ese cruce con más tapas metálicas en el suelo que muchas calles juntas, que mi admirado amigo Manuel Harazem citó en su Blog-, ya tenía una cierta amistad y todo con las autónomas del amor que allí tienen su empresa. 

Desde la esquina del Portillo

Hasta nos decíamos los buenos días, bueno los decía yo como contestación a la mueca insinuadora, o al pestiño lingual que me ofrecían, o a alguna mucho más explícita que, con una inclinación de cabeza, señalando a una puerta y haciendo un ademán como de manejar los bastones de esquí. Creo también que la agresividad empresarial de estas señoras, demuestra que la crisis capitalista del sistema neoliberal en el que nos han metido, llega a todos los rincones. Y claro la competencia de Onán hace estragos en su negocio carnal, por aquello de que es más barato.

El tejado y al fondo el palacio renacentista

Hasta le pregunté a un policía local de la sección de bicicletas, que me remitió a las Tendillas a preguntar cuando se abría el centro expositivo, que él no lo sabía -curioso-. Pero centrándome en la realidad, en la Casa de Góngora, decir que fue una satisfacción la que me llevé ayer y una pequeña decepción funcionarial a la vez. Siempre metemos la pata porque no sabemos equilibrar, muchas veces, nuestras obligaciones profesionales con las personales. O dicho de otro modo hay una gran carencia de juego de muñeca con la muleta, que nos permitiría aunar ambas cosas sin que se mermara nuestra obligación.

Pequeño patio de la entrada

Después de haber visitado la exposición y la casa, aunque me quedé con las ganas de ver la parte alta, le pregunté a una señora “acristalada” que mantenía una animada charla por teléfono, a la que primero pedí disculpas por haber interrumpido su conversación -que estimé particular-, pero me quedé con las ganas que hubiera, una vez terminada ésta, retomado mis preguntas. En momentos en los que el sistema neoliberal -que marca la pauta en la crisis y la ha creado además para sus intereses- está desprestigiando a lo público, a los empleados públicos, siempre de políticos para abajo, es de cuidar mucho el trato con los ciudadanos y que la dosis de servicio y amabilidad supere en muchos enteros a la del “malange” de turno

Planta alta a la que no se pudo subir

A mí no me afectan mucho esas cosas porque sé que hay de todo en la plantilla, y más de profesionalidad que de otra cosa, pero a un ciudadano normal se le dan motivos para continuar y aumentar el desprestigio, que ya machaconamente por los voceros del régimen les inyectan en vena. Pero pelillos a la mar, la satisfacción por el marco que es incomparable, supera el “malange” que me tocó, seguramente porque la conversación telefónica era mucho más importante que atender a un único visitante, posiblemente pesado pero visitante.

El árbol

La anécdota, está referida a la urdimbre en la que todos estamos entrelazados. Yo estuve un tiempo haciendo una comisión de servicios en el Ayuntamiento de Córdoba, concretamente en Turismo y Patrimonio de la Humanidad. Cierto día de diciembre de hace unos años -bastantes-, concretamente el 28 de diciembre, día en el que la iglesia católica festeja la festividad de los inocentes -creo que de los niños que Herodes se quitó de enmedio como nos contaban-. Me llamaron de Alcaldía, me dieron dos paquetes de documentos en una bolsa de plástico, un billete de ida y vuelta a Madrid en Ave, y las instrucciones de que a primera hora de la tarde se debía de quedar en el envío entregado personalmente en los Ministerios de Fomento y de Cultura. 

Una galería

Siempre con la mosca detrás de la oreja, por lo del día de marras y las bromas, me dispuse a cumplir lo establecido. A mediodía estación Ave y camino a Madrid, parecía con la bolsa el legionario inglés que en una de plástico, llevaba custodiándolo el collar símbolo de la Alcaldía de Manchester –aquí es el bastón-, del que no se apartaba nunca, cuando el orondo y colorado titular de turno de esa ciudad británica nos visitó hace años. 

Desde un rincón de la galería

Deseaba no tener ningún problema con la voluminosa bolsa, y que ningún amigo de lo ajeno, se interesara por ella. Estación de Atocha, y taxi al primer Ministerio:

–Espere en la puerta. –dije al taxista.

Entrega en el registro un primer paquete, recogida de la copia, subida nuevamente al taxi y al Paseo de la Castellana al segundo Ministerio. Nuevamente al taxista:


–Espere en la puerta. 

Y otra nueva entrega similar a la anterior. Taxi de nuevo y a Atocha, Ave y para Córdoba. 

La planta alta

En Córdoba me esperaba un festival flamenco, que habíamos organizado por la A.VV. en el Instituto Blas Infante, para recuperar fondos del desastre del que fue el organizado en agosto y que por rotura de un transformador se tuvo que suspender. La anécdota es que los papeles que lleve a Madrid eran ni más ni menos que el proyecto de la rehabilitación de la Casa de Góngora, en el último día del plazo y en el último minuto, para que los citados ministerios colaboraran con un porcentaje nada despreciable, en la rehabilitación de ese inmueble para el patrimonio cultural municipal. 

El patio central

Ya iban incluso a cerrar el registro en el segundo y último de los ministerios, pero el chiste de turno y la charla hicieron que la persona encargada de la recepción se pasara unos minutos sin problema. Esta es la anécdota y la relación que me unía con una casa que no había podido ver en muchos años, por no coincidir,  como aquello de si vienes y no estoy es que no hemos coincidido, y sobre todo por una falta de información adecuada. La rehabilitación estimo que es muy buena, aunque también costó lo suyo a pesar de las subvenciones. 

La joya de la corona del inmueble

La verdad es que no sé qué hubiera pasado si me roban los proyectos, si no los hubiera podido entregar en su fecha, por eso de ir como vamos –yo nunca– siempre a última hora a todo, como con el pago de los recibos, que generan grandes colas el último día. Creo que en el fondo no hubiera pasado nada, pero si no lo pienso no siento la importancia de haber sido un pequeño grano, el modesto y último eslabón en la cadena de despropósitos, para llegar al último día del plazo y a la última hora. 

Catastral de la parcela de 623 m2 de suelo y 1134 m2 construidos

Ahora, cuando piensas en Góngora, a pesar de tener su imagen muy clara siempre piensas en nuestro comediante Carlos Villanueva, y en los rincones de Córdoba del corto que se proyectó en el Teatro Góngora hace unos días. Muy interesante y didáctico, pero con un audio molesto a veces y alguna inestabilidad de imagen. Ninguna pega a la interpretación que, como siempre da sobradas muestras de profesionalidad. Por lo que el conjunto es un notable a mi modo de ver, y ya se sabe eso del libro de los gustos. Lo mejor, que al final he podido visitar la llamada Casa de D. Luis de Góngora.

Placa de la cofinanciación

Fotografías del autor
Bibliografía y tonterías del autor también