viernes, 11 de julio de 2014

DON "DIEGAZO" DE LOS RÍOS Y AMBROSIO DE MORALES EN EL LIBRO "CASOS NOTABLES DE LA CIUDAD DE CÓRDOBA"

El Campillo del Rey o actual Campo Santo de los Mártires (grabado de Guesdon)

Menéndez y Pelayo en enero de 1911 se dirigió por carta a D. Agustín González de Amezúa y le preguntaba:

-¿No le parece a Vd. que hoy, que se publica todo, valía la pena el libro de los Casos de Córdoba de entrar en cualquier colección de bibliófilos, o de la Revue Hispanique? 

Este fue el punto de partida. 

Ramírez de Arellano en un ensayo que publicó, hablaba de un ejemplar, en la Sección de Anónimos Manuscritos que se titulaba "Casos Raros de Córdoba". Había varios ejemplares más de este libro, manuscritos también. En la Real Academia  de la Historia "Sucesos y casos notables de la ciudad de Córdoba", otro propiedad del Sr. Pavón, "Casos raros ocurridos en la ciudad de Córdoba", y otro en la Biblioteca Colombina de Sevilla, "Diálogos entre Colodro, Escusado y Osario. Casos especialísimos de Córdoba". 

Pues bien en 1982 un grupo de amigos constituyeron con más voluntad que medios, una editorial Albolafia, con la finalidad de recuperar documentos que fuesen útiles para la memoria de esta ciudad, y ello los lleva a editar en facsímil, este libro "Casos Notables de la Ciudad de Córdoba", partiendo de uno que estaba depositado en la Fundación Ruiz Luque de Montilla, cedido para ello por Manuel Ruiz Luque miembro destacado de la Editorial citada. 

Portada del libro de Paco Baena Altolaguirre

Desaparecida ésta, a los veinte años, un decidido editor, mi amigo Francisco Baena Altolaguirre, esposo que fue de mi querida amiga Tere Alcántara (si a Baena le sumas Alcántara, y le pones delante María de los Dolores, te da el nombre y apellidos de la Directora de nuestro Museo Arqueológico), edita una tirada de un libro que debía estar en la biblioteca de cualquier cordobés que se precie de ello. Yo lo busco en la Luque y me dicen que está fuera de catálogo pero que se lo pueden pedir al editor, a Paco Baena, les digo que yo hablaré con él. Hablo y me llaman de la Luque para que me pase a recoger un ejemplar. Venía con una tarjeta de Paco, que guardo, que decía "para Francisco Muñoz". Desde entonces disfruto del contenido del mismo. Todavía le quedan algunos ejemplares de esta edición especial (1).

La gramática del texto es muy peculiar, de la época, con palabras acentuadas que ahora no se acentúan y otras que ni siquiera se usan. Pero se entiende perfectamente, otra cosa son los dos ejemplares manuscritos a los que hay que añadir una caligrafía florida que hace dificultosa su lectura. Yo he entresacado una historia, un caso raro, de un noble.
   D. Diego de los Ríos 

Don Teodomiro Ramírez de Arellano en sus Paseos por Córdoba, resume la historia así:

"Don Diego de los Ríos, conocido en Córdoba por don Diagazo, a causa de ser muy alto y grueso.

Dice la tradición que en el último tercio del siglo XVI dispuso la Ciudad hacer unas funciones de toros, encargando su dirección a don Diego, quien escogió el Campo Santo de los Mártires para celebrar aquéllas. Preparábase el terreno y multitud de carpinteros formaban los andamios cuando una tarde pasó aquél a presenciar los trabajos, probando a la vez los caballos que habían de presentarse en la lidia. Súpolo Ambrosio de Morales, acogido ya en el hospital de San Sebastián, hoy casa central de Expósitos, y en seguida se le acercó rogando a dicho caballero desistiese de la idea de dar semejante espectáculo en el lugar donde habían sido sacrificados muchos de los mártires de Córdoba.

Recibida su queja con desdén, siguió la prueba de los caballos, figurándosele a don Diego haber visto dibujarse una figura rara y amenazadora en el muro de la Inquisición; mas, sin hacer caso, invitó a sus amigos a que lo acompañasen al matadero con el fin de ver el ganado. Llegaron a tiempo que un toro, negro y muy bravo, derribaba a un diestro, y queriendo aquél evitar mayores males se lanzó sobre el animal con su caballo, dándole un gran golpe de palo en el testuz, lo que, lejos de intimidarle, arremetió el bicho, entrándole el cuerno por cerca del tobillo derecho, rasgándole hasta la mitad del muslo.

Con tan grave herida recogieron a don Diego de los Ríos y lo llevaron a su casa. Llamaron al doctor Calderón, uno de los médicos más nombrados de Córdoba, quien dijo a la familia que la herida era mortal y no había esperanza de salvación, diagnóstico que se cumplió a los dos días, tomándose como un castigo del cielo al menosprecio con que oyó las amonestaciones de Ambrosio de Morales."

Caballero del sigloXVI preparado para lancear toros

Y el Libro "Casos Notables de la ciudad de Córdoba" así:

"33
Había en Córdoba un hombre que por antonomasia le llamaban don Diagazo de los Ríos y Córdoba; éste tuvo tres tíos obispos, y todos tres los heredó, y así estaba riquísimo. Era su casa posada de duques y señores que pasaban por aquella ciudad, y por ser tan rico y tanto su valor, puso la ciudad los ojos en él en unas fiestas generales que hacía, para que él fuese el diputado de ellas, ordenándolo todo y pasando por su mano. Hizo cargo del oficio que la ciudad le dió, y comenzóse a tratar dónde se harían las fiestas; en la Carrera, que es la plaza principal, o en el Campillo que dicen de los Inquisidores, por ser éste muy capaz para la multitud de gente que suele acudir de toda la comarca. 

Dióse y tomóse sobre el caso, y fueron de parecer que se hiciese en el Campillo. Tratóse de aderezar el suelo, y hacer carrera para imponer los caballos, y, como diputado, se encargó de llevar gastadores y peones que aderezasen lo necesario. Como se supo por la ciudad que las fiestas se hacían en el Campillo, sintiólo mucho Ambrosio de Morales, que a la sazón era coronista de la Majestad de Félipe Segundo, y vivía en el Hospital de San Sebastián, que es cerca del Campillo; sintiólo en el alma, porque trataba de hacer allí un humilladero en honra de los santos mártires que allí fueron martirizados. 

Y así, salió de su hora del Hospital, y se fué a ver con don Diagazo de los Ríos. Luego que el caballero y otros le vieron venir, se fueron para el coronista, haciéndole la honra que su persona merecía; propúsoles su sentimiento, y el que los santos harían en el cielo, sabiendo que se profanaba el lugar de su martirio con fiestas de gentiles, estando todo él regado con sangre derramada en defensa de la fe católica, y con mucho encarecimiento volvió a rogarles por amor de Dios, y por el amor de aquellos santos que dieron por Él sus vidas, que no diesen lugar que se profanase lugar tan santo.

A unos pareció bien el consejo del coronista, y otros hicieron donaire, y uno de ellos fué don Diagazo de los Ríos, como superintendente de todo, haciendo escarnio, que lo oí yo, que le fué notificado que no se hiciesen allí las fiestas; pero, no obstante esto, dió lugar a los gastadores que emparejasen y aderezasen luego la carrera, porque querían luego correr aquellos señores. Al fin comenzóse la carrera, y a los últimos de ella corrió don Diagazo, y al pasar junto a un portalejo, que es donde se hace el auto, se le apareció una cara furiosa y terrible, y una mano derecha con el dedo en la frente, como amenazándole y jurándosela que se la había de pagar. Sólo don Diagazo vió la jura. y amenaza, con que quedó espantado del caso y de la visión. Sacó esfuerzo de flaqueza, y dijo a los demás caballeros: 

-Vámonos al matadero a probar los toros, que ya habrán venido.

Dejóse la carrera y llegaron al campo del matadero a tiempo que se estaba lidiando un toro bravo; había cogido a un hombre a quien estaba maltratando. Adelantóse don Diagazo a los demás caballeros que iban con él, por señalarse entre todos, y con una vara que llevaba en las manos, dió al toro un palo en los cuernos; el toro, que ya hacía oficio de vara de Dios, que no de toro, le tiró un golpe tan a tiempo y sazón, que desde el tobillo le fué abriendo la pierna hasta la rodilla, que, a parecer de todos los médicos que se hallaron en aquella ocasión, les pareció ser manifiesto castigo de Dios, y no golpe de toro, y en esto se confirmó más con lo que sucedió.

Estaba en esta sazón en Córdoba el doctor Calderón, estimado de toda la ciudad por sus muchas letras y experiencia, así en la medécina como en la cirugía; fué llamado a las voladas, pero fué tomado por azote de Dios, como lo fué el toro. Luego que llegó, viendo la herida y siendo el cuerno del toro fuego, y por el consiguiente tales heridas no se han de coser; sabiéndolo él esto, y habiendo él enseñado en muchas ocasiones, lo primero que hizo fué recoger la carne abierta y darle diez y ocho puntos contra toda razón, con lo cual, luego de hora, le dió en la pierna fuego de San Antón, subiéndosele al corazón, con que en tres días le acabó. Diéronle las nuevas de su muerte, y ordenó su muerte, y, espantado, dijo: 

-Señor doctor: cortándome la pierna, ¿podré vivir?

Respondióle que no. 

-¿Y cortándomelas ambas? -replicó don Diego. 

-Tampoco. -respondió Calderón. 

Viendo que iba de veras, y que en la tierra no había remedio, acudió al Padre de las misericordias, ordenando su alma con gran dolor de sus culpas, pidiendo a los santos mártires intercediesen a Dios pór él. Con esto y otros actos de arrepentimiento dió su alma a su criador. Hízose en toda la ciudad muy grande sentimiento por su muerte, y sabida la causa. de ella, se tiene y honra aquel santo Campillo en gran veneración. Con esta ocasión quiso poner Ambrosio de Morales "un famoso humilladero con el trofeo de los Mártires, que son grillos, y cadenas, y alfanjes, y su letra esculpida en un precioso y grande mármol de jaspe, donde se declara todo con muy grandes y hermosas letras."

 Ambrosio de Morales

Ambos textos que son el mismo, siendo el primero algo resumido, denotan por un lugar la religiosidad casi fundamentalista de Ambrosio de Morales, que quedó patente con su mutilación testicular, que se hizo por culpa de la tentación diabólica, que no era sino causa de la testosterona acumulada que tenía un tío joven, y que su padre tacho de loco. Y curioso un juego de toros, en los jardines de los Mártires, antes campillo de Rey, que rellenó un monarca cristiano con cuatro metros de tierra (el nivel de suelo era el de los Baños Árabes), para tener una explanada delante del Alcázar. Que no sé de dónde se sacó Morales, que era un lugar de martirio de cristianos durante el periodo islámico, cuando el terreno supongo, pertenecía al propio Alcázar Califal. Pero que si fue así, no puso ascos a que en él se realizaran actos de la Inquisición, cuya Cárcel estaba frente. 

Luego está el "demonio" que se aparece a Diego de los Ríos, después de que este no hiciera caso a Morales. El demonio como siempre pendiente de las cosas para aparecer al que no cumple, haciendo el juego al Dios de los católicos. La herida que le causa el toro en la pierna, y que el médico ve que es mortal, que esas heridas de asta de toro no se pueden coser porque traen el "fuego de San Anton". El fuego de San Antón era una gangrena seca.  Por otro lado también causaba muertes por gangrena al consumir pan de centeno contaminado por el cuernezuelo (ergotamina), y el mal lo curaban unos monjes, porque le cambiaban al enfermo la dieta y le daban pan de trigo candeal, que ellos comían, al ser más ricos. 

El Dr. Calderón no se comprometió y cosió la herida. Esto era similar a las fracturas abiertas de la guerra que acababan casi todas en gangrena, hasta que un doctor cordobés se le ocurrió tapizarla antes de la escayola con jabón verde, y se redujo ese problema, seguro que la sosa. Claro aún Fleming no había descubierto la penicilina. Lo curioso un hongo producía la gangrena y otro la curaba. Y al final la redención de los pecados y el triunfo de Ambrosio de Morales en poner su "famoso humilladero con el trofeo de los Mártires, que son grillos, y cadenas, y alfanjes, y su letra esculpida en un precioso y grande mármol de jaspe, donde se declara todo con muy grandes y hermosas letras" que nunca hemos visto, ni sabemos si lo puso en realidad. Nobleza, fundamentalismo, toros, arrepentimiento y perdón de los pecados. Una tónica de la religión católica que permite el perdón, sea lo que sea, lo que hayas hecho. 

Fotografías de Internet, Guesdon, etc.
Bibliografía Paseos por Córdoba, y Casos Notables de la Ciudad de Córdoba

(1) Francisco Baena Altolaguirre: Email: fbaena@telefonica.net