viernes, 7 de octubre de 2016

NOTAS AL MARGEN, EXPOSICIÓN COSMOPOÉTICA 13 ,FUNDACIÓN GALA



Es el último día el sábado 8 de octubre, la exposición está o estaba según cuando se lean estas líneas en la Fundación Antonio Gala, antiguo convento en Ambrosio de Morales, dentro del programa Cosmopoética 13. 


Simon Zabell

Simon Zabell, La Jalouise 2006





 
La oculta Mirada del Reconocido 2012, Manual A. Dominguez

Y dice el comisario:
"Lo reconozco. Mi biblioteca personal no es demasiado extensa, no pasa de varias estanterías con un número modesto de libros. Un puñado de novelas y poemarios, un número quizás mayor de catálogos y libros de arte, una docena de revistas caducadas, y algunos manuales de clase de cuando era estudiante. Añadamos tres enciclopedias completas, que lo queramos o no, rellenan y pesan. Un diccionario enciclopédico de la lengua española, otro de Historia del Arte, y otro de geografía y antropología mundial que está tan alto que ni recuerdo que está allí. Por último varios ejemplares iniciales de otras colecciones que sólo tuve paciencia para adquirirlos durante el lanzamiento del primer y segundo número.

En algunas mudanzas y diferentes préstamos se quedaron muchos de ellos por el camino, en otros lugares y en otras bibliotecas. También algunos en la basura, rotos a pedazos en momentos de arrebato, o porque se convirtieron en despojos por mi mal uso. Porque sí, lo reconozco, mi relación con los libros siempre ha sido como una Historia de la Masacre. Así, con mayúsculas y en letras doradas, sobre el lomo de varios tomos.

Ya de pequeño, a escondidas, me encantaba garabatear en aquellos primeros cuentos infantiles que me regalaban por mi cumpleaños o que heredaba de mis hermanos. No tenía suficiente con las fichas escolares que, en gran medida, eran aburridas y monótonas. Leía y devoraba aquellas historias y las imágenes mentales tomaban forma. Si tenían ilustraciones en blanco y negro acababan coloreadas, si estaban ya coloreadas terminaban transformadas en otras, y si no traían ilustraciones no había problema porque yo me encargaba de intercalarlas entre sus páginas. Y hay que decir que no se me daba mal, aunque normalmente no era demasiada valorada mi hazaña.

El problema comenzó cuando empecé a hacer lo mismo con los libros de EGB, porque casi siempre eran préstamos de alumnos mayores y la cara de vergüenza al devolverlos sí que era una ilustración. Otras veces tenía la suerte de estrenar curso nuevo con libros nuevos, con sus hojas nuevas y su plástico de forrar nuevo, una mezcla de olor a tinta nueva y piscina de verano nueva. Unos ejemplares que acababan machacados a los nueve meses, con olor a rotuladores y ceras, y que casi nadie quería volver a tener, no porque ya no fuesen nuevos, sino porque estaban repletos de dibujos, tachones y páginas a punto de salir volando, y no eran prácticos.

Los libros de Bachiller y las primeras novelas para adultos que me marcaron tuvieron la misma suerte. Las esquinas dobladas para facilitar búsquedas intermitentes y repetidas entre los primeros cafés, las noches de estudio y las tardes de dudas existenciales. Las notas al margen casi más extensas que el propio texto, los renglones subrayados con colores fluorescentes, los apuntes fotocopiados llenos de anotaciones y garabatos inconscientes, los préstamos de la biblioteca del instituto que devolvía casi a escondidas para que nadie se percatase del crimen...

Y algunos amigos que eran demasiado cuidadosos para consentir este tipo de devoluciones personales y que, por supuesto, nunca más me prestaban ningún libro. En ocasiones, notaba cierto cambio en el tipo de amistad. Llegué a simular alguna pérdida antes de reconocer lo que había pasado. No era consciente de mi problema pero en el fondo me sentía culpable. O no tanto, porque entre Humanidades, Periodismo o Bellas Artes, elegí estudiar esta última y descubrí que tenía espacio para acampar a mis anchas. En cuanto tuve oportunidad, justifiqué todo esto dentro de mi discurso artístico. Al principio con algunos dibujos sobre novelas conocidas, otras veces con recortes y collages que convertían el lenguaje escrito de los libros en lenguaje visual sobre paredes y muros.

Lo más justificable que llegué a tramar fue hace años, aún estando en la facultad, al participar un otoño en una muestra de arte público y deshojar la mitad de mi biblioteca para convertirlas en hojas de un árbol caduco. Con bastante premeditación y alevosía. A punto de que los organizadores me dejaran de hablar cuando vieron líneas de Lorca, Capote o Bukowski entre las ramas, pero la metáfora merecía la pena. Y quedó bonito. Con el tiempo vi que no era el único. Fui conociendo de forma personal o a través de los propios textos a muchos artistas visuales masacradores de libros. Comprendí que eran otros caminos que se deciden voluntariamente para expresar y comunicarse.

Y eso me salvó.
Antonio Blázquez Septiembre 2016"

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